lunes, 7 de noviembre de 2016

No es otra estúpida historia de frutas

Mi madre siempre me decía que yo no era una fruta cualquiera, que un plátano era algo especial, que estaba destinado a hacer algo grande. Yo sabía que era verdad. Mientras pensaba esto, con mi tercera cerveza de arroz en una mano y un habano en la otra entró en mi despacho una de las frutas más atractivas que jamás había visto. Su aterciopelada piel amarilla y roja brillaba al reflejo del único flexo que iluminaba la habitación. Deje pausadamente mi habano y la cerveza sobre la mesa, me arreglé la gabardina y la pregunté que venía a buscar.
-Hola Míster Plátano, he oído que es usted el mejor detective de la ciudad, necesito su ayuda, mi marido ha desaparecido.
La volví a mirar con detenimiento, cuando más me fijaba en ella más me gustaba, no podía dejar de pensar en su dulce néctar chorreando por mi piel.
- Ha oído bien, ¿por qué no ha acudido a la policía miss…?
-Cotton Ceylan Señor Plátano, puede llamarse simplemente Cotton.
-Entendido Miss Cotton, ¿Por qué no ha llamado a la policía?
-Recibí esta nota en la que ponía que si llamaba a las autoridades lo matarían. Estaba desesperada y lo único que se me ocurrió fue venir a verle.
-¿Tiene a mano la nota?
Miss Cotton me cedió una pequeña hoja de papel con unas letras mal garabateadas. Puse la nota a trasluz y tras examinarla detenidamente concluí que podría ser obra de una hortaliza.
-¿Hay algo más que deba saber del caso? ¿Cuándo le vio por última vez?
-Salió de casa en busca de… Bueno me da un poco de vergüenza decírselo… Pero mi marido era un tomate, así que teníamos mucha gente en contra, ya sabe que aun no están aceptadas las relaciones interraciales… El caso es que mi marido salió de casa en busca de aceite y nunca volví a verle. Aquí tiene una foto suya, todos sus datos de interés, mi dirección y mi teléfono.
-Entendido, mis honorarios son de 1.000 onzas de cacao al día gastos aparte. Solo una cosa más miss Cotton, ¿a qué se dedica?
-Soy profesora de lengua en la Universidad de Frutas Mediterráneas. Espero noticias suyas Míster Plátano.
Tenía un buen montón de preguntas sobre la mesa y ninguna respuesta así que lo único que podía hacer era dirigirme a los bajos fondos para comprobar si alguien sabía algo. Entre en el bar de tubérculos refugiado en mi gabardina y en un gran sombrero que ensombrecía mi cara, era mejor que nadie me reconociese. Me senté en la barra y pedí algo que solo se podía beber allí:
-Un vino de uva.
-Lo siento pero aquí no servimos eso, márchese amigo.
-Dile a tu jefe que lo pide el Señor Amarillo.
Tras unos minutos me sirvieron aquella salvaje, sabrosa y cara bebida a cuenta de la Señora Cotton. No sabía cuánto tendría que esperar, pero mientras esa delicia no corriera de mi bolsillo podría estar allí el tiempo que hiciera falta.
No había pasado una hora cuando la sucia patata que buscaba entró en el local y se fue directa a la mesa de billar, donde otros dos tubérculos de su calaña estaban ya en medio de una partida. Chips, como se hacía llamar en aquellos círculos, llevaba la piel cubierta de arena y su nauseabundo hedor inundaba el bar. Le pedí al camarero que lo llevara a un reservado y le di algunas onzas de propina.
-Cuándo me han traído al reservado me he imaginado que serías tu. ¿No puedes simplemente pedirme que hablemos en un lugar más privado?
-Tengo un caso entre manos y necesito que me digas todo lo que sepas sobre un tal Míster Tomate, profesor de química en la Universidad de Hortalizas.
-Algo se ha oído sobre su desaparición, pero no hay nada claro. Por lo visto cuando Miss Nectarine llegó a casa estaba todo revuelto y no había ni rastro de su marido.
-¿Miss Nectarine?
-Sí, su mujer, es profesora de física en la Universidad Politécnica de Hortalizas.
Salí de allí con más preguntas de las que tenía cuando entré. ¿Por qué Miss Cotton me había mentido respecto a su verdadera identidad? ¿Qué interés podría tener en ocultar su origen y su trabajo? ¿Tendría algo que esconder?
Iba  a casa de Miss Nectarine pensando sobre todos esos asuntos, algo ebrio, cuando un grito desgarró el silencio de la noche. Apreté la empuñadura de la pistola y busqué el origen de aquel grito. Mientras husmeaba entre las callejuelas que se abrían en aquella urbanización de poderosas hortalizas no podía dejar de pensar en ella. Imaginaba que la salvaba de cualquier apuro loco y ella me recompensaba con su pasión. Un nuevo grito iluminó la oscuridad. Ahora si sabía de dónde venía.
Corrí todo lo rápido que mi consciencia me permitía mientras la calle no dejaba de dar vueltas. Los gritos surgían de unos cubos de basura ubicados detrás de la casa de Miss Nectarine. Cuando llegué una mariposa despego de mi estomago y me obligo a vomitar antes de poder, siquiera, procesar lo que estaba viendo: había encontrado al Señor Tomate, habían hecho un gazpacho con él. La roja sopa rebosaba el cubo de basura y se extendía por el suelo hasta mis pies.
Se me habían adelantado. Fuera quien fuera el culpable del secuestro había decidido terminar con todo antes de poder ser encontrado. Algo más tranquilo comprobé si la sopa era reciente. Probablemente apenas hiciera una hora que lo habían licuado.
La casa de mi principal sospechosa y el objetivo de mis más primitivos deseos se encontraba a apenas doscientos metros así que decidí hacerle una visita. Tras varios minutos llamando sin obtener ninguna respuesta me colé en su casa. Salté la valla y entré por la ventana. Todo estaba en orden. Revisé toda la casa sin olvidarme de mirar en los cajones de la ropa interior de Miss Nectarine, muy sexy por cierto, pero estaba vacía. ¿Dónde estaría a esas horas una mujer cuyo marido acaba de desaparecer? Sonó mi móvil mientras salía de la casa. Era del hospital. Ella estaba allí.
Cuando entré en la clínica apenas notaba ya algo más que un regusto amargo del alcohol en la garganta. Demasiados acontecimientos en muy poco tiempo. Pregunté por Miss Nectarine pero nadie sabía de qué hablaba.
-Disculpe no tenemos a nadie ingresado con ese nombre.
-Eso es imposible, me acaban de llamar.
-¿Cómo se llama?
-Soy Plátano, Palmero Plátano.
-Ah sí, por supuesto Señor Plátano, a quién usted busca es a Miss Paraguaya.
Mientras me conducían a la habitación la cabeza estaba a punto de estallarme. Nada encajaba, nada tenía sentido. ¿Quién era realmente esta mujer? ¿Por qué me había llamado a mí aun sabiendo que iba a descubrir que el nombre con el que se presentó no era verdadero?
-Oh Míster Plátano, menos mal que está aquí.
-¿Qué ha pasado?
-Me atacaron en la puerta de su edificio, por suerte conseguir escapar pero tropecé y me golpeé en la cabeza. Estoy bien, pero el Doctor quería que me quedara en observación.
-¿Por qué me ha llamado a mí?
-Oh vamos detective, no se haga el tonto, vi como me miraba el otro día. ¿Cree qué no sé lo que quiere?
Se levantó de la cama y acercó sus labios a mi cuello mientras me rodeaba la cintura con los brazos.
-Así que Miss Paraguaya… ¿Qué tiene que decir a eso?
-Temía que si le llamaban se enterara… Estaba asustada, no sabía qué hacer, así que pensé que dándole un nombre falso me protegía.
-Su marido ha muerto, siento ser yo quién se lo diga.
-Vaya… ya me lo esperaba… ¿Cómo ha sido? ¿Cuándo ha pasado?
-Según veo en su hora de ingreso usted ya debía de estar aquí cuando sucedió. La veo poco afectada.
-Bueno ya sabe… no estábamos en nuestro mejor momento.
En ese momento me besó con la pasión con la que pocas mujeres me han besado. Tenía que mantenerme firme, pero de nuevo mi conciencia parecía escaparse por una brecha de mi cabeza evitándome reaccionar. No pude más que dejarme llevar por el calor que desprendía y la tumbé violentamente sobre la camilla en el momento en el que vibraba mi teléfono. Aprovechando el desconcierto en medio de la vorágine de besos lo cogí y mire quién me había escrito. Era chip: “Su verdadero nombre es Miss Paraguaya, trabaja en el departamento de biología. Es una fruta”. A veces esa vieja patata servía para algo.
Antes de que pudiera reaccionar desenfundó la pistola de mi cinturón. El cañón apuntaba directamente a mi cabeza, pero no podía perder la compostura. Anduve varios pasos hacia atrás hasta llegar a la pared  sin perder de vista el arma. Parece que acababa de caer en un complot.
-Vaya cuanto lo siento Señor Plátano. No tengo nada contra usted, pero no me gusta que me tomen como sospechosa.
-Oh vamos Miss Paraguaya, ambos sabemos que no la tomo por sospechosa, sino como culpable. ¿Por qué me pidió investigarlo?
-Bueno, no podía acudir a la policía, pero contratando a un detective de su renombre nadie sospecharía de mí. Además,  me pareció muy atractivo cuando le conocí. En cualquier caso, no sabe nada y dudo de que vaya a salir vivo de aquí.
-Claro que lo sé. Usted es una eminencia. Es la única fruta que ha llegado a trabajar en la Universidad de Hortalizas. Pero no por su valía, sino por ser la mujer de la más popular hortaliza, el Tomate. Sin embargo, sus estudios en biología detectaron que su marido no es una hortaliza sino una fruta. ¡Una fruta! Si eso salía a la luz adiós a sus trabajos, a sus grandiosos sueldos y a su prestigio. Lo mejor era eliminarle. Secuestró a su marido y vino a verme. Después fingió un golpe a la cabeza mientras licuaban al señor Tomate, así tendría una coartada si alguien sospechaba de usted. Sólo tengo una duda, ¿quién ha hecho el trabajo sucio?
-Ya sabe, hay mucha gente en busca de dinero fácil.
-Entiendo. Hasta aquí todo bien, pero cometió dos fallos garrafales: mentirme sobre su identidad para que no pudiera encontrar sus estudios y contratarme a mí como detective.
Mientras hablaba notaba como su cara se iba ensombreciendo. Poco a poco iba avanzando hacia ella hasta que, con un rápido movimiento, conseguí arrebatarle el arma. Ahora era yo quien apuntaba. Ahora era yo quien volvía a tener el poder. Sin embargo, cuando me miró a los ojos mis brazos flojearon, mi pecho se hinchó y no tuve más remedio que bajar el arma. Miss Paraguaya me miró y nos fundimos en un largo beso.

jueves, 12 de junio de 2014

De cómo contarle a tu madre que tienes un tatuaje al peligro de la viagra sin receta

Bolsoff era el líder de una banda búlgara especializada en raptar gente y tatuarla. Durante los últimos 15 años Madrid se había convertido en el centro de todas sus operaciones y era relativamente frecuente que las familias de clases altas recibiesen una llamada de Bolsoff amenazando con hacer algún tatuaje horrible al secuestrado si no se le daba un rescate. Llevaban sin actuar desde que Rivoff fue apresado por la policía hacía casi seis meses. En ese momento decidieron tomarse unas vacaciones hasta que volviera la calma.

Max Stone, como le gustaba que le llamaran, pero más conocido como Pablo Gutiérrez era el comisario encargado de investigar al grupo de Bolsoff. Había pedido el caso hacía unos 10 años cuando su sobrina apareció con un tatuaje del perfil de Góngora que le ocupaba de hombro a hombro. Pocos confiaban en él, pero tenía una baza secreta. En uno de sus últimos movimientos la banda se había dejado una minúscula pista, invisible para el resto de investigadores; gracias a la cual había descubierto que alguno de los miembros era jugador de petanca.

Todas las noches desde que lo halló, junto al cuerpo semi inerte de un chico al que le habían tatuado el brazo izquierdo de Churchill en su brazo derecho, se sentaba en el sofá de casa junto a una copa de brandi y admiraba el maletín de juego de petanca en cuyo interior había un resguardo para el torneo municipal de Las Tablas. Tras mucho pensarlo decidió inscribirse a ver si conseguía encontrarle.

Bolsoff estaba nervioso. Los tres últimos años había quedado tercero en el torneo de petanca de Las Tablas pero en esta ocasión tenía que ganarlo. Su padre, Bolsoff Padre, fue campeón de petanca en la URRS durante cinco años seguidos hasta que fue fusilado por traición al pillarle tarareando una canción de “the Jackson five”. Él no había heredado el talento de su progenitor así que este era el único homenaje que podía hacerle.

Pablo Gutiérrez estaba gordo. Profundamente horondo. Por ello, si quería infiltrase en el mundo de la petanca tenía que ponerse en forma. Aquella mañana mientras desayunaba un vaso de agua caliente, pollo frito, lasaña y judías como cada mañana, decidió adelgazar. Primero prescindió de los dulces; luego del pan, los hidratos, la carne, el pescado, la leche, las legumbres, la fruta y la verdura. Tras un mareo, una brecha y tres días de ingreso concluyó que era mejor dejar la dieta y empezar a entrenar.

Cuando Bolsoff fue a coger su maletín para acudir al centro de entrenamiento se dio cuenta que había desaparecido, y con él la inscripción. Puso la casa del derecho y del revés. Llamo a cada uno de sus hombres, a algunas mujeres y al rabino de la parroquia de su pueblo en Bulgaria pero no lo encontró. ¿La única salida? Un nuevo golpe que le permitiese comprarse un juego nuevo de petanca y pagar una nueva inscripción. ¿El objetivo? La hija de un traficante de viagra que vivía al otro lado de la calle. Era un golpe sencillo. Tenían total acceso a la chica y él nunca acudiría a la policía.

Juan José Roldán, más conocido como el “el sevillano empalmao” era una de las mayores fortunas de la ciudad y el líder del lobby “las mariconeras no son femeninas”. Había conseguido amasar todo ese dinero comprando un sucedáneo de viagra en la India y traficando aquí con ella. Sabía que era intocable ya que su influencia sexual se extendía hasta las mujeres de los más altos cargos del funcionariado. Viudo al provocarle un ataque cardíaco a su mujer en pleno acto sexual; se volcaba totalmente en su hija, tres o cuatro vecinas del edificio y los puros habanos.

El lunes empezó el entrenamiento. Pablo era pésimo. Aunque yo no lo vi, hay quien asegura que la muerte de la octogenaria María Gil viene precedida del impacto de una de las bolas de metal del comisario. Tras varios días sin mejorar, Bolsoff decidió ayudarle. El búlgaro sabía perfectamente que Pablo Gutiérrez era el encargado de su investigación pero tras oírle defender acaloradamente ante el repartidor de bebidas del polideportivo donde entrenaban que Schopenhauer hubiera preferido el zumo con grumos, Bolsoff entendió que nunca le descubriría.

Se sucedieron los días y la relación entre agente y delincuente era cada vez mejor. Fueron a cenar, al cine, al bar y a la bolera. Hablaron de filosofía, arte, deporte y muebles de salón. El único momento tenso fue una discusión acerca de quién ganaría una supuesta pelea entre Dani Trejo y Sócrates que se solucionó con la conclusión de que dependería de si el moderador viste de amarillo o lleva un disfraz de bebe. ¿Era el comienzo de algo más que una amistad?

Juan José Roldán acababa de pedir un cargamento de viagra en sobre cuando su hija se disponía a salir de casa. Como siempre, antes de irse, la pequeña de 14 años se acercó a su padre, le beso la mejilla, dio dos vueltas al sofá, repitió el nombre de Damon Lindelof tres veces delante del espejo y se fue. Había quedado con unas amigas en la cafetería de la esquina sin saber lo que la aguardaba.

Bolsoff junto a dos compinches, Laoff y Laon, esperaban en un coche en la puerta de la casa del “sevillano empalmao”. Siguieron a la chica hasta la puerta de la cafetería y allí trazaron un complejo plan. “Vosotros entráis bailando la macarena y ante el desconcierto general me llevo a la chica. Quiero un trabajo limpio, sin tatuajes innecesarios. No olvidéis poneros las caretas de Monty Phython” explico el líder. Lo que Bolsoff no podía imaginar es que el solitario comisario de policía se dirigía hacia ese mismo lugar en aquel preciso instante.

Tal y como había planeado el golpe fue limpio. Laon y Laoff entraron con sendas caretas de los personajes más populares de Monty Phyton bailando la macarena ante un público que se preguntaba, más que nada, quienes eran los personajes representados en las mascaras. En el momento justo Bolsoff entró corriendo, se metió a la chica bajo el brazo y salió a toda prisa con sus dos esbirros tras él. Cuando no había recorrido ni la mitad del trayecto entre la puerta del local y donde habían dejado el coche, en esa zona se aparca bastante mal, chocó con Pablo Gutiérrez.

Al ver al comisario el grupo se disperso y se inició una larga persecución entre Pablo y Bolsoff, que seguía con la chica bajo el brazo. Durante la cacería hubo gritos, saltos, dos paradas a beber agua, una para recuperarse del flato, subidas de escaleras, un largo trayecto en metro donde Bolsoff tuvo que levantarse para dejar que una anciana se sentara y un importante dolor de pies. Finalmente tras saltar desde un tejado a un callejón, los tres caen al suelo y al búlgaro se le cae la careta. Pablo y Bolsoff sacan rápidamente su arma y se apuntan con ella. Mientras, la joven, con una pierna rota y el pintalabios corrido escribe una entrada en Facebook. Tras unos segundos que parecen segundos agente y delincuente bajan el arma.

Sobre lo que paso aquella noche aun quedan muchas dudas. Solo se sabe que la policía alertó a los vecinos de que había mucho ruido en la casa de Bolsoff a ver si podían pasarse a echar un ojo. Cuando llegaron se encontraron una gran sorpresa. Según se publicó en la prensa habían hallado los cadáveres del propietario de la casa y de Pablo Gutiérrez desnudos y con evidentes signos de haber sido sexualmente forzados en una habitación, restos de un combate ilegal de gallos en el baño y a O J Simpson durmiendo en el sofá. El mismo periódico daba como principal sospecho al viagras pero no han conseguido demostrarlo.

- ¿De verdad nos has contado toda esta historia para justificar que te hayas apuntado a clases de petanca? - Dijo Jorge.
- Solo quería demostraros que es un deporte de riesgo. – Contestó Roger.
- ¿Riesgo cómo cenar el de Clayre`s quieres decir? – Respondió Jorge.
- Os estáis olvidando de lo más importante. Ambos antepusieron su amor a las ambiciones personales. – Afirmó Raúl
- ¿Amor? – Replicó Roger – Amistad querrás decir.
- ¿Qué más da una cosa u otra? Amistad, amor… Para que morir por nada de eso – Terció Joaquín.
- Se nos está olvidando lo más importante. – Cortó Rubén - Y los gallos ¿Por qué?

martes, 25 de marzo de 2014

No eres yo

La verdad es que no podría decirte nada. Siempre vienes a pedirme consejo a mí como si supiese algo del bien y del mal.
Quieres que te de lecciones de moral, que te diga como conseguir mujeres y como dejarlas. Quieres que te ayude a encontrar una excusa para eludir tus obligaciones y otra para no ir a la cita que tenías a esa misma hora. Quieres estar por encima de todo y de todos pero no ensuciarte las manos. Quieres coger una soga, atarla al cuello del que se interponga en tu camino y apretar hasta que muera... O hasta que ya no te interese. Quieres dinero, poder, polvos y amigos. Quieres que todos sean tus juguetes y que su caja contenga tu libro de instrucciones. Quieres jugar a ser Dios. Quieres ser como yo.
Pero toda deidad sabe que no hay camino que puedas recorrer. Yo no te ayudare a destruirme. Yo no colocaré mi cetro en tu mano ni mi corona en tu cabello. Yo soy Jesús. Yo soy Mahoma. Yo soy Gautama y David y Abraham y Goliat. Nadie quiere ser el que admira pero todo protagonista necesita su público y tú, como todos los demás, eres el mío.
Nos hemos divertido mientras te tiraba el frisby pero eso se acabó. Ahora te toca guardarte el rabo y acinarte en una vida vacía y común. Si te portas bien dejare que tengas un chalet en las afueras y que tu mujer no supere los 70 kilos pero no pidas más. Te dejé lamer mi mano e intentaste robarme el anillo así que no me culpes a mí.
Y cuando se congele el infierno y cuando arda el cielo; cuando el mar se seque y la tierra se inunde; cuando esto suceda, entonces y solo entonces, dejare que me admires una vez más.

jueves, 13 de febrero de 2014

En Caída

  En aquella época ya no éramos tan jóvenes y, de alguna manera, nos parecía que la vida nos había estafado. Todos estábamos un poco solos, todos estábamos un poco muertos. Llegue a Nueva York hace hoy cinco años gracias a un viejo amigo que vivía de inhalar la pintura de sus cuadros. En el fondo no era mal pintor si le quitabas el pincel.
  Por aquel entonces pensaba que yo era un gran artista. Ahora lo sé. Los dos primeros años los pasé en Brooklyn, en casa de un viejo millonario que mantenía a cualquiera que le hiciese gracia. El muy cabrón estaba casado con una mujer 46 años más joven, un licor asiático demasiado duro para cualquier picha floja.
  Además de nosotros en la casa vivían Boris, un ucraniano proyecto de guionista que un día consiguió colocar una frase suya en un famoso anuncio de cereales y que murió hace unos meses de una paliza; Carlo, un poeta italiano del que nunca escuche un solo verso y que creo que se dejaba encular por el viejo cuando se ponía muy borracho y dos zorritas llamadas Nadia y Carol que servían de desahogo para todos lo tíos de la casa.
  Esa fue la mejor etapa de mi vida. Bebíamos 14 horas al día y el resto lo pasábamos follando o durmiendo. Cada mañana te levantabas esperando no haber pillado el puto sida, aunque el temor solo duraba hasta que nos metíamos la primera copa con el desayuno. Como ya he dicho esa fue la mejor época de mi vida hasta que ese maldito veneno chino tuvo que follarme. En realidad no me arrepiento de habérmela follado. Su chocho era la mansión de los chochos, con piscina climatizada incluida. Durante los dos meses que duró nuestro idilio solo podía pensar en ese coño jugoso que me abrasaba cada vez que podía, que me sorbía la vida varias veces al día. Al principio éramos muy precavidos, al final éramos como jodidos monos de zoo.
  Aun recuerdo el día que tuve que dejar la casa. Salí una noche con Boris en busca de alguna puta barata. El tacaño del viejo hacía días que no nos daba dinero y no podíamos conseguir nada mejor. Subimos por 44 hasta llegar al McEndri, un pub irlandés plagado de las putas más asquerosas en varias manzanas a la redonda. Boris escogió a una sudamericana regordeta y yo a una europea cuya grasa la había consumido la coca.
  Las invitamos a un par de copas y nos las llevamos a casa del viejo. Al entrar en mi habitación me encontré a la puta china tumbada en mi cama con una botella de vodka y un cenicero lleno de cigarrillos. Aun tengo borroso todo lo que pasó: gritos, golpes, el viejo, la china, gritos, golpes y disculpas. Lo único que recuerdo con claridad es que acabe corriendo calle abajo, dejando en la casa las pocas pertenencias que tenía y con el viejo disparándome desde la ventana.
  Durante varias noches estuve durmiendo en la calle, intentando engatusar a alguna zorra en un bar para conseguir una cama y una ducha caliente. Excepto Boris ninguno de los gilipollas de la casa volvió a cogerme el teléfono. Si no hubiera sido por él no hubiera podido ni pagarme el alcohol. En aquel mes y medio que pasé en la calle adelgace varios kilos, me gastaba lo poco que tenía en cerveza.
  Una mañana al salir de la casa de una de esas rameras conocí a Christine. Por fortuna para mí había conseguido lavar mi ropa y tomar una ducha caliente en la casa. Por desgracia para ella pensó que yo era un buen chico. Christine… Oh Christine… Cuanto bien podrías haberme dado si no fuera un jodido sinvergüenza. Oh Christine cuanto bien podría haberte dado si hubieras follado como una buena zorra y no como una niña buena. Christine… Fuego en el pelo, esmeralda en la mirada, labios como almohadas, un abismo en el escote. Christine, hija de un rico inmigrante francés, estudiaba filología española en Columbia. Esa era Christine.
  A veces pienso que yo soy de ese tipo de personas que van hacia el precipicio. De esos a los que el destino mete dentro de una jaula de fieras, de un circo romano y no hace nada por evitarlo. Christine me quería, yo la quería a ella. Fue un año muy intenso. La conocí cuando me escucho hablando español con el hispano que me atendió en la cafetería que nos encontramos. Ella estaba escribiendo una redacción para la universidad y me pidió que se la revisara. Oh Christine, aun recuerdo el olor del perfume detrás de tu oreja y el calor que emanaba tu cuello cuando me apoyaba sobre tu abundante pecho.
  A partir de entonces tuvimos una serie de citas para las cuales siempre tenía que conseguir una casa en la que dormir y ducharme la noche antes. No estoy orgulloso de las mujeres que tuve que conocer aquellos días pero dio resultado. Al poco tiempo conocí a su padre y poco después nos fuimos a vivir juntos. Perdí el contacto con Boris, no tenía cabida en mi nueva vida.
  Al principio todo fue maravilloso. Transformó a este Don nadie en todo un caballero. Me transformó en un gentleman, en un artista de verdad. Pero no todo podía ir tan bien y menos a mí. Apenas llevábamos tres meses viviendo juntos cuando la única persona por la que habría arriesgado mi nueva vida me pidió ayuda. Daniel, posiblemente el peor pintor de Nueva York y posiblemente mi mejor amigo vino a vivir con nosotros cuando fue desahuciado de su casa. Ese hijo de puta arruinó mi vida. Ese hijo de puta me recordó quien soy.
  Intenté resistirme a sus cantos de sirena, intenté echarle de mi casa, intenté echarle de nuestras vidas. Ahora había conocido el mundo de verdad. Los contactos se habrían ante mí. Todos esos capullos, esos putos niños de papa estaban a mis pies. Yo era la pimienta de sus salsas, las guindas de sus pasteles. Nada pasaba en el mundillo de la Jet Set de Nueva York sin que yo me enterara. Y, de vez en cuando, me desfogaba con alguna de esas jodidas pijas aburridas mientras sus maridos cerraban algún negocio con mi suegro.
  A mediados de septiembre todo cambió. Christine se fue a pasar unos días a Francia para desestresarse antes de comenzar los preparativos para nuestra boda. Ese fue su gran error, ese fue mi gran error. Daniel me convenció para aprovechar la última semana antes de casarme, había prometido dejar la casa antes de la boda. Decidí llamar a Boris, Nadia y Carol. Al marica de Carlo que le jodan. Comenzamos la fiesta en nuestra casa, algo normal. Follamos, bebimos y tomamos coca durante un par de días, hasta terminar existencias. Ya se había abierto la Caja de Pandora.
  Busque por toda la casa la llave de la caja fuerte. No la encontré. Pasamos horas intentando abrirla hasta que finalmente un viejo compañero del ejército de Boris que había trabajado con ellas consiguió reventarla. 120.000 dólares para gastar en 6 días. La fiesta comenzó en Nueva York y termino en Los Ángeles. Me había dejado la puerta abierta así que cuando Christine llegó la casa había sido saqueada y había varios vagabundos durmiendo dentro. Su padre contrató a unos matones para que me dieran una paliza pero también eran amigos de Boris así que se conformaron con romperme un par de dedos.
  El último año lo he pasado viviendo de las rentas que me están dando la publicación de mi único libro, colocado por el padre de Christine. No me da mucho dinero pero me sirve para comer todos los días, beber todo lo que quiero y vivir en un sucio apartamento del sur del Bronx mientras intento escribir una nueva novela.
  Cuando me he despertado esta mañana en el apartamento no recordaba nada de lo que pasó ayer. La puerta de la casa está llena de pintadas y la ventana sigue abierta a pesar de que estamos en invierno. Al levantarme siento un agudo dolor en la planta del pié y noto un liquido caliente y viscoso bajo él, el suelo está lleno de cristales. Me calzo unos zapatos y me dirijo a la nevera a por una cerveza. No queda nada. Camino al baño, veo una chica desnuda tumbada en el pasillo, no sé quién es. Dos tronchos flotan en el wáter que está a punto de rebosar. Me siento en el bidé a desahogar mi cuerpo. Desde allí miro mi cama. Me entran ganas de vomitar. Las chinches saltan de un lado a otro de las sabanas entre puntos de sangre. Me doy cuenta de que me pican muchísimo las pelotas. Al rascarme noto como el picor se traslada a mi mano y descubro en ella un pequeño insecto blanco que intenta volver al sitio del que salió.

sábado, 18 de enero de 2014

Amores difuntos

Él la amaba, sabía que la amaba como nunca iba a volver a amar a nadie, pero ella se fue, se marcho, se esfumo. Ya nunca la volvería a ver, ya nunca la tendría entre sus brazos, no la abrazaría, no la besaría.

Ya nunca la tocaría sus graciosas orejitas ni le apartaría el pelo de la frente. Nunca dormiría con ella, ni reiría con ella, ni lloraría con ella.

Aun así, seguía llorando por ella, y riendo por ella, y despertando cada mañana imaginando sus susurros en el oído como había hecho durante años. Aun se imaginaba que seguían juntos, que paseaban, que se miraban y que se amaban.

Pero, ¿A quién quería engañar? Se acabo, tenía que pasar pagina y si no era en esta vida, tendría que ser en otra.

Acerco el cañón del revolver a su boca mientras unas silenciosas lagrimas recorrían sus mejillas. No quería morir sin recordarla, sin recordarla tal y como era.

Tenía que ser así, si las cosas hubieran sucedido de otra manera no habría podido vivir imaginándose quién la estaría besando, acariciando, haciéndola reír.

Puso el dedo en el gatillo, preparado para disparar mientras recorría en su mente esos últimos instantes juntos, las lagrimas, la tensión, los gritos y la desesperación.

Y entonces apretó el gatillo mientras recordaba, el instante justo, en el que la mató.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Onírico

No sé dónde estoy ni que hago aquí. No recuerdo el camino andado ni el motivo por el que lo recorrí. Solo veo luz y oscuridad, luz y oscuridad, luz y oscuridad. Un pasaje se forma delante de mí, no veo que es. Voy hacia él, hacia él, hacia él.

Vistos mis mejores ropas y no llevo nada. Mis zapatillas están en mis pies pero voy descalzo. Mi libro de cabecera, ante mí. No sé si lo podré coger. La luz ya no es blanca ni la oscuridad negra. La luz se ha vuelto negra y la oscuridad blanca.

Todo se transforma, viajo, me desvanezco. Pero sigo aquí. Todo ha cambiado, quizá nada. Todo sigue igual pero ya no soy el mismo, el mismo, el mismo. Un corredor acolchado de enredaderas se abre, se cierra, se abre. Tengo que pasar por él, saber que hay al final. Doy el primer paso, doy el segundo. Ya no veo el principio. Sigo sin ver el final.

Ya no ando, floto. Floto por todo el trayecto, pero no floto yo. Algo me lleva y yo me dejo llevar, me dejo llevar, me dejo llevar. No quiero dejarme llevar más. Me intento parar, lucho con todas mis fuerzas, peleo hasta no poder más. Esto continúa, continúa, continúa.

Se abren las flores y en cada una aparece una cara conocida que no puedo recordar. Intento hablar con ellas, pero algo me lleva no puedo parar, no puedo parar, no puedo parar. Ya veo el final, la luz vuelve a ser blanca y la oscuridad también lo es. Ya no quiero frenar, y lo que me movía me deja atrás.

Quiero tocar la luz, quiero oler la oscuridad, todo lo que me empujaba se ha desvanecido no queda nada más. Las plantas se han convertido en tierra, la luz en oscuridad y la oscuridad en las estrellas que iluminan la arena, que iluminan la arena, que iluminan la arena.

Piso mal. Me repongo. Vuelvo a pisar mal. La arena se escurre y caigo, y caigo, y caigo. No  encuentro donde agarrarme. Mi paracaídas no se abre. Quiero estrellarme y dejar de sufrir pero el suelo se aleja, se aleja, se aleja. Una mano me recoge antes de caer. Conozco su olor, su tacto y su sabor pero no sé de quién es.

La mano me deja en una cuna. Soy un bebe. Lloro, lloro, lloro. Nadie me viene a calmar. Mi llanto cada vez es más fuerte. Nadie lo oye. Los barrotes de mi cuna se transforman en palmeras. Desde mi isla desierta ahora veo sirenas.

Las llamo y no me oyen. Gesticulo y no me ven. Estoy solo en mi isla o eso me hacen creer. Lloro de nuevo. También moqueo. No hay consuelo posible mientras me muero. En mi isla ya no hay mar. La luz es sangre y el agua oscuridad. Un barco navega por la oscuridad. La sangre le delata. Consigo que me vean. Estoy salvado, salvado, salvado.

El barco se acerca. No es un barco es una mujer. Tiran algo atado a la borda pero con la oscuridad no lo puedo ver, no lo puedo ver, no lo puedo ver. Es un cadáver. Le doy la vuelta para verle la cara. La sangre le ilumina. Soy yo, soy yo, soy yo.

Todo se vuelve a desvanecer. La luz es verde y la oscuridad azul. Un barco está sentado en una mujer sobre el lago. Quiero ir a verla. No puedo pasar, hay un gran cristal. Ella dice que lo intente que lo pasaré. No puedo creerla, no puedo creerla, no puedo creerla. Tiro una piedra. El cristal se rompe, se rompe, se rompe.

Detrás está mi casa. Detrás de esta mi niñez. Dos mujeres están sentadas y hablan a la vez, beben a la vez. No las entiendo. Me acerco y bajan la voz. La oscuridad es la rubia y la luz el ron. Estoy desnudo y ellas ríen, ríen, ríen.

No sé si estoy vivo y muerto a la vez. No sé si veo la luz y la oscuridad también. No sé si estoy dormido y sueño despierto, pero sé que la realidad es más que esto.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

AHOGADO

  Cuando despertó tardo varios minutos en darse cuenta de lo que estaba pasando. Un frío húmedo le había recorrido el cuerpo y cuando se levantó de la cama para cerrar la ventana noto que todo el suelo estaba encharcado. Por las ranuras del suelo de parqué manaba agua helada. 
 Jon, muy asustado, fue corriendo a la puerta para avisar a sus hijos, pero estaba completamente cerrada. Comenzó a gritar pero no salía voz de su garganta así que decidió subirse a la cama e intentar pensar algo.
 Se tranquilizó al ver que la habitación se inundaba muy poco a poco y que aún quedaban muchas horas para que pudiera morir ahogado o congelado. Su mujer Kathy, que tenía turno de noche en el hospital, llegaría en unas horas y entonces le sacaría de allí.
  Intento dormir mientras tanto, tampoco tenía nada mejor que hacer. El incesante sonido de las burbujas de agua y el tic-tac del reloj lo mantenían más despejado de lo que le gustaría por lo que se mantuvo varias horas bailando entre lo real y lo onírico.
 A pesar de ello tuvo un sueño de esos que cuesta distinguir de la realidad. Soñó que se encontraba en una playa paradisiaca, de arena blanca y agua cristalina. Poco a poco se metía en el agua cálida y disfrutaba de ella varios días sin salir y sin necesidad de comer o de beber. Finalmente decidía volver a tierra, pero al comenzar a nadar se daba cuenta de que había quedado cosido al mar. Era imposible escapar y poco a poco las costuras se iban volteando y él se ahogaba sin ninguna esperanza.
 Despertó de un grito al escuchar entrar a su mujer en la casa. Llevaban varias semanas en las que apenas hablaban, y Jon temía que Kathy decidiera tumbarse en el sofá en lugar de ir a la cama. Intentó gritar, golpear la puerta, dar golpes en la ventana, pero nada parecía emitir sonido en aquella habitación a parte del agua helada, que ya le llegaba a las rodillas. 
 Decidió no estresarse, ella tenía su ropa en la habitación por lo que tarde o temprano tendría que ir. Además los niños no tardarían en despertarse y entonces irían en su busca. Sí, seguro que no pasaba nada. 
 Volvió a tumbarse en la cama. El momento de euforia al llegar su mujer y la decepción posterior al darse cuenta de que no sabía que él estaba allí habían dejado a Jon baldado. Los ojos se le comenzaron a cerrar nada más acomodarse y pronto volvía a soñar. En esta ocasión estaba atrapado en una especie de fantasía kafkiana en la que él era un insecto gigante que intentaba escapar de su familia que intentaban matarle a escobazos mientras comía manzanas. 
 Despertó cubierto en sudor. Al asomarse al borde de la cama vio como el agua llegaba hasta el borde de esta. Las cosas se estaban poniendo feas. Mientras pensaba en esto oyó como sus hijos se levantaban y saludaban a su madre. ¡Estaba salvado!
 Su sorda risa solo resonaba en su cabeza pero nada importaba estaba salvado. Escucho detrás de la puerta como sus hijos preguntaban por él, como su mujer les respondía que suponía que habría salido a hacer algún recado y como estos no quedaban convencidos con la explicación al no haberle escuchado levantarse. Se acercaron los chicos a la puerta de la habitación mientras que su padre sentía ya la humedad en la entrepierna e intentaron abrirla con poco éxito. Estaba cerrada. Jon chillo, grito y golpeó todo lo que había a su alrededor como loco, estaba fuera de sí. En uno de estos golpes notó como su brazo crujía bajo el peso de una estantería que se había descolgado. Ya no gritaba ni golpeaba, ni siquiera escuchaba que pasaba fuera. Solo lloraba. Lloraba por todo lo que le estaba pasando, por todo lo que le había pasado y por todo lo que probablemente ya no le iba a suceder. 
 Sentado en la cama quedo dormido de nuevo, con el agua mojándole el pecho. Soñó que caminaba por un largo corredor rodeado de plantas. Las plantas susurraban los nombres de todas aquellas personas que habían pasado por su vida, desde profesores a sus hijos pasando por el camarero del bar de abajo. No veía nada de lo que había delante de él a más de dos metros, pero si miraba para atrás,  a pesar de que su visión se perdía en el infinito del corredor, estaba todo distorsionado. En el sueño le pareció que andaba horas y horas sin que nada cambiara. 
 Despertó cuando la primera gota de agua salpicó su barbilla. Aún hacía pie pero las cosas se estaban poniendo feas. El brazo le dolía a horrores y notaba como se iba poco a poco congelando. Cogió una camiseta de un cajón, la hizo trapos y la uso como cabestrillo, le seguía doliendo pero al menos notaba como volvía a circularle la sangre. Se puso a gritar, sabía que nadie lo oía pero lo necesitaba. Buscó en la habitación varias mantas y las colocó en la lámpara de araña, para ayudarle a sujetarse si las cosas seguían así. No entendía porque nadie hacía nada. Es cierto que no había sido un marido ejemplar, pero quería a su mujer, y ella le quería o al menos le había querido a él. ¿Por qué no le ayudaba? ¿Por qué no avisaban a un cerrajero, la policía, los bomberos…?
 Comenzó a pensar en todo lo que había vivido con su familia. Siempre había pensado que era un freno para él. Se casó joven al dejar embarazada a su mujer y desde entonces sus sueños se habían truncado uno por uno. No se podía decir que no los quisiera, pero le habría gustado llevar otra vida… O eso pensaba hasta unas horas antes. Ahora se daba cuenta de que ellos eran su vida y que lo peor de morir no era de dejar de existir sino dejar de verlos.
 No sabía que acabaría con él antes, si el frío o el agua. Ya estaba subido en la lámpara y temblaba como jamás lo había hecho, cuando un rayo de esperanza calentó su corazón. Era su mujer, acababa de volver y venía con un cerrajero. Es por aquí, no sabemos porque no se abre, le decía. Aun podía conseguirlo, tenía que superar la congelación, estaba salvado, lo notaba, ahora sí. 
 Pasó una hora, quizá dos y la puerta seguía cerrada. A pesar de estar subido a la lámpara el agua le llegaba por el pecho. Notaba como el conocimiento intentaba abandonarle mientras él recordaba canciones de su niñez para mantenerse despierto. Llamaré a los bomberos, oyó decir a su mujer. Es por aquí agentes, no sé qué pasa y temo que mi marido este dentro les repetía una y otra vez a los policías con cierto pánico en la voz.
 Nadie podía abrir, nadie podía tirar la puerta abajo, nadie podía abrir un hueco en la pared. Estaba encerrado y probablemente allí se quedaría por siempre. Apenas dos o tres centímetros separaban el agua del techo y solo sus labios quedaban por sumergir. Ya no veía nada, ya no sentía nada. Su alma estaba separada de su cuerpo esperando para verle morir.