jueves, 13 de febrero de 2014

En Caída

  En aquella época ya no éramos tan jóvenes y, de alguna manera, nos parecía que la vida nos había estafado. Todos estábamos un poco solos, todos estábamos un poco muertos. Llegue a Nueva York hace hoy cinco años gracias a un viejo amigo que vivía de inhalar la pintura de sus cuadros. En el fondo no era mal pintor si le quitabas el pincel.
  Por aquel entonces pensaba que yo era un gran artista. Ahora lo sé. Los dos primeros años los pasé en Brooklyn, en casa de un viejo millonario que mantenía a cualquiera que le hiciese gracia. El muy cabrón estaba casado con una mujer 46 años más joven, un licor asiático demasiado duro para cualquier picha floja.
  Además de nosotros en la casa vivían Boris, un ucraniano proyecto de guionista que un día consiguió colocar una frase suya en un famoso anuncio de cereales y que murió hace unos meses de una paliza; Carlo, un poeta italiano del que nunca escuche un solo verso y que creo que se dejaba encular por el viejo cuando se ponía muy borracho y dos zorritas llamadas Nadia y Carol que servían de desahogo para todos lo tíos de la casa.
  Esa fue la mejor etapa de mi vida. Bebíamos 14 horas al día y el resto lo pasábamos follando o durmiendo. Cada mañana te levantabas esperando no haber pillado el puto sida, aunque el temor solo duraba hasta que nos metíamos la primera copa con el desayuno. Como ya he dicho esa fue la mejor época de mi vida hasta que ese maldito veneno chino tuvo que follarme. En realidad no me arrepiento de habérmela follado. Su chocho era la mansión de los chochos, con piscina climatizada incluida. Durante los dos meses que duró nuestro idilio solo podía pensar en ese coño jugoso que me abrasaba cada vez que podía, que me sorbía la vida varias veces al día. Al principio éramos muy precavidos, al final éramos como jodidos monos de zoo.
  Aun recuerdo el día que tuve que dejar la casa. Salí una noche con Boris en busca de alguna puta barata. El tacaño del viejo hacía días que no nos daba dinero y no podíamos conseguir nada mejor. Subimos por 44 hasta llegar al McEndri, un pub irlandés plagado de las putas más asquerosas en varias manzanas a la redonda. Boris escogió a una sudamericana regordeta y yo a una europea cuya grasa la había consumido la coca.
  Las invitamos a un par de copas y nos las llevamos a casa del viejo. Al entrar en mi habitación me encontré a la puta china tumbada en mi cama con una botella de vodka y un cenicero lleno de cigarrillos. Aun tengo borroso todo lo que pasó: gritos, golpes, el viejo, la china, gritos, golpes y disculpas. Lo único que recuerdo con claridad es que acabe corriendo calle abajo, dejando en la casa las pocas pertenencias que tenía y con el viejo disparándome desde la ventana.
  Durante varias noches estuve durmiendo en la calle, intentando engatusar a alguna zorra en un bar para conseguir una cama y una ducha caliente. Excepto Boris ninguno de los gilipollas de la casa volvió a cogerme el teléfono. Si no hubiera sido por él no hubiera podido ni pagarme el alcohol. En aquel mes y medio que pasé en la calle adelgace varios kilos, me gastaba lo poco que tenía en cerveza.
  Una mañana al salir de la casa de una de esas rameras conocí a Christine. Por fortuna para mí había conseguido lavar mi ropa y tomar una ducha caliente en la casa. Por desgracia para ella pensó que yo era un buen chico. Christine… Oh Christine… Cuanto bien podrías haberme dado si no fuera un jodido sinvergüenza. Oh Christine cuanto bien podría haberte dado si hubieras follado como una buena zorra y no como una niña buena. Christine… Fuego en el pelo, esmeralda en la mirada, labios como almohadas, un abismo en el escote. Christine, hija de un rico inmigrante francés, estudiaba filología española en Columbia. Esa era Christine.
  A veces pienso que yo soy de ese tipo de personas que van hacia el precipicio. De esos a los que el destino mete dentro de una jaula de fieras, de un circo romano y no hace nada por evitarlo. Christine me quería, yo la quería a ella. Fue un año muy intenso. La conocí cuando me escucho hablando español con el hispano que me atendió en la cafetería que nos encontramos. Ella estaba escribiendo una redacción para la universidad y me pidió que se la revisara. Oh Christine, aun recuerdo el olor del perfume detrás de tu oreja y el calor que emanaba tu cuello cuando me apoyaba sobre tu abundante pecho.
  A partir de entonces tuvimos una serie de citas para las cuales siempre tenía que conseguir una casa en la que dormir y ducharme la noche antes. No estoy orgulloso de las mujeres que tuve que conocer aquellos días pero dio resultado. Al poco tiempo conocí a su padre y poco después nos fuimos a vivir juntos. Perdí el contacto con Boris, no tenía cabida en mi nueva vida.
  Al principio todo fue maravilloso. Transformó a este Don nadie en todo un caballero. Me transformó en un gentleman, en un artista de verdad. Pero no todo podía ir tan bien y menos a mí. Apenas llevábamos tres meses viviendo juntos cuando la única persona por la que habría arriesgado mi nueva vida me pidió ayuda. Daniel, posiblemente el peor pintor de Nueva York y posiblemente mi mejor amigo vino a vivir con nosotros cuando fue desahuciado de su casa. Ese hijo de puta arruinó mi vida. Ese hijo de puta me recordó quien soy.
  Intenté resistirme a sus cantos de sirena, intenté echarle de mi casa, intenté echarle de nuestras vidas. Ahora había conocido el mundo de verdad. Los contactos se habrían ante mí. Todos esos capullos, esos putos niños de papa estaban a mis pies. Yo era la pimienta de sus salsas, las guindas de sus pasteles. Nada pasaba en el mundillo de la Jet Set de Nueva York sin que yo me enterara. Y, de vez en cuando, me desfogaba con alguna de esas jodidas pijas aburridas mientras sus maridos cerraban algún negocio con mi suegro.
  A mediados de septiembre todo cambió. Christine se fue a pasar unos días a Francia para desestresarse antes de comenzar los preparativos para nuestra boda. Ese fue su gran error, ese fue mi gran error. Daniel me convenció para aprovechar la última semana antes de casarme, había prometido dejar la casa antes de la boda. Decidí llamar a Boris, Nadia y Carol. Al marica de Carlo que le jodan. Comenzamos la fiesta en nuestra casa, algo normal. Follamos, bebimos y tomamos coca durante un par de días, hasta terminar existencias. Ya se había abierto la Caja de Pandora.
  Busque por toda la casa la llave de la caja fuerte. No la encontré. Pasamos horas intentando abrirla hasta que finalmente un viejo compañero del ejército de Boris que había trabajado con ellas consiguió reventarla. 120.000 dólares para gastar en 6 días. La fiesta comenzó en Nueva York y termino en Los Ángeles. Me había dejado la puerta abierta así que cuando Christine llegó la casa había sido saqueada y había varios vagabundos durmiendo dentro. Su padre contrató a unos matones para que me dieran una paliza pero también eran amigos de Boris así que se conformaron con romperme un par de dedos.
  El último año lo he pasado viviendo de las rentas que me están dando la publicación de mi único libro, colocado por el padre de Christine. No me da mucho dinero pero me sirve para comer todos los días, beber todo lo que quiero y vivir en un sucio apartamento del sur del Bronx mientras intento escribir una nueva novela.
  Cuando me he despertado esta mañana en el apartamento no recordaba nada de lo que pasó ayer. La puerta de la casa está llena de pintadas y la ventana sigue abierta a pesar de que estamos en invierno. Al levantarme siento un agudo dolor en la planta del pié y noto un liquido caliente y viscoso bajo él, el suelo está lleno de cristales. Me calzo unos zapatos y me dirijo a la nevera a por una cerveza. No queda nada. Camino al baño, veo una chica desnuda tumbada en el pasillo, no sé quién es. Dos tronchos flotan en el wáter que está a punto de rebosar. Me siento en el bidé a desahogar mi cuerpo. Desde allí miro mi cama. Me entran ganas de vomitar. Las chinches saltan de un lado a otro de las sabanas entre puntos de sangre. Me doy cuenta de que me pican muchísimo las pelotas. Al rascarme noto como el picor se traslada a mi mano y descubro en ella un pequeño insecto blanco que intenta volver al sitio del que salió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario