sábado, 18 de enero de 2014

Amores difuntos

Él la amaba, sabía que la amaba como nunca iba a volver a amar a nadie, pero ella se fue, se marcho, se esfumo. Ya nunca la volvería a ver, ya nunca la tendría entre sus brazos, no la abrazaría, no la besaría.

Ya nunca la tocaría sus graciosas orejitas ni le apartaría el pelo de la frente. Nunca dormiría con ella, ni reiría con ella, ni lloraría con ella.

Aun así, seguía llorando por ella, y riendo por ella, y despertando cada mañana imaginando sus susurros en el oído como había hecho durante años. Aun se imaginaba que seguían juntos, que paseaban, que se miraban y que se amaban.

Pero, ¿A quién quería engañar? Se acabo, tenía que pasar pagina y si no era en esta vida, tendría que ser en otra.

Acerco el cañón del revolver a su boca mientras unas silenciosas lagrimas recorrían sus mejillas. No quería morir sin recordarla, sin recordarla tal y como era.

Tenía que ser así, si las cosas hubieran sucedido de otra manera no habría podido vivir imaginándose quién la estaría besando, acariciando, haciéndola reír.

Puso el dedo en el gatillo, preparado para disparar mientras recorría en su mente esos últimos instantes juntos, las lagrimas, la tensión, los gritos y la desesperación.

Y entonces apretó el gatillo mientras recordaba, el instante justo, en el que la mató.