miércoles, 12 de diciembre de 2012

AHOGADO

  Cuando despertó tardo varios minutos en darse cuenta de lo que estaba pasando. Un frío húmedo le había recorrido el cuerpo y cuando se levantó de la cama para cerrar la ventana noto que todo el suelo estaba encharcado. Por las ranuras del suelo de parqué manaba agua helada. 
 Jon, muy asustado, fue corriendo a la puerta para avisar a sus hijos, pero estaba completamente cerrada. Comenzó a gritar pero no salía voz de su garganta así que decidió subirse a la cama e intentar pensar algo.
 Se tranquilizó al ver que la habitación se inundaba muy poco a poco y que aún quedaban muchas horas para que pudiera morir ahogado o congelado. Su mujer Kathy, que tenía turno de noche en el hospital, llegaría en unas horas y entonces le sacaría de allí.
  Intento dormir mientras tanto, tampoco tenía nada mejor que hacer. El incesante sonido de las burbujas de agua y el tic-tac del reloj lo mantenían más despejado de lo que le gustaría por lo que se mantuvo varias horas bailando entre lo real y lo onírico.
 A pesar de ello tuvo un sueño de esos que cuesta distinguir de la realidad. Soñó que se encontraba en una playa paradisiaca, de arena blanca y agua cristalina. Poco a poco se metía en el agua cálida y disfrutaba de ella varios días sin salir y sin necesidad de comer o de beber. Finalmente decidía volver a tierra, pero al comenzar a nadar se daba cuenta de que había quedado cosido al mar. Era imposible escapar y poco a poco las costuras se iban volteando y él se ahogaba sin ninguna esperanza.
 Despertó de un grito al escuchar entrar a su mujer en la casa. Llevaban varias semanas en las que apenas hablaban, y Jon temía que Kathy decidiera tumbarse en el sofá en lugar de ir a la cama. Intentó gritar, golpear la puerta, dar golpes en la ventana, pero nada parecía emitir sonido en aquella habitación a parte del agua helada, que ya le llegaba a las rodillas. 
 Decidió no estresarse, ella tenía su ropa en la habitación por lo que tarde o temprano tendría que ir. Además los niños no tardarían en despertarse y entonces irían en su busca. Sí, seguro que no pasaba nada. 
 Volvió a tumbarse en la cama. El momento de euforia al llegar su mujer y la decepción posterior al darse cuenta de que no sabía que él estaba allí habían dejado a Jon baldado. Los ojos se le comenzaron a cerrar nada más acomodarse y pronto volvía a soñar. En esta ocasión estaba atrapado en una especie de fantasía kafkiana en la que él era un insecto gigante que intentaba escapar de su familia que intentaban matarle a escobazos mientras comía manzanas. 
 Despertó cubierto en sudor. Al asomarse al borde de la cama vio como el agua llegaba hasta el borde de esta. Las cosas se estaban poniendo feas. Mientras pensaba en esto oyó como sus hijos se levantaban y saludaban a su madre. ¡Estaba salvado!
 Su sorda risa solo resonaba en su cabeza pero nada importaba estaba salvado. Escucho detrás de la puerta como sus hijos preguntaban por él, como su mujer les respondía que suponía que habría salido a hacer algún recado y como estos no quedaban convencidos con la explicación al no haberle escuchado levantarse. Se acercaron los chicos a la puerta de la habitación mientras que su padre sentía ya la humedad en la entrepierna e intentaron abrirla con poco éxito. Estaba cerrada. Jon chillo, grito y golpeó todo lo que había a su alrededor como loco, estaba fuera de sí. En uno de estos golpes notó como su brazo crujía bajo el peso de una estantería que se había descolgado. Ya no gritaba ni golpeaba, ni siquiera escuchaba que pasaba fuera. Solo lloraba. Lloraba por todo lo que le estaba pasando, por todo lo que le había pasado y por todo lo que probablemente ya no le iba a suceder. 
 Sentado en la cama quedo dormido de nuevo, con el agua mojándole el pecho. Soñó que caminaba por un largo corredor rodeado de plantas. Las plantas susurraban los nombres de todas aquellas personas que habían pasado por su vida, desde profesores a sus hijos pasando por el camarero del bar de abajo. No veía nada de lo que había delante de él a más de dos metros, pero si miraba para atrás,  a pesar de que su visión se perdía en el infinito del corredor, estaba todo distorsionado. En el sueño le pareció que andaba horas y horas sin que nada cambiara. 
 Despertó cuando la primera gota de agua salpicó su barbilla. Aún hacía pie pero las cosas se estaban poniendo feas. El brazo le dolía a horrores y notaba como se iba poco a poco congelando. Cogió una camiseta de un cajón, la hizo trapos y la uso como cabestrillo, le seguía doliendo pero al menos notaba como volvía a circularle la sangre. Se puso a gritar, sabía que nadie lo oía pero lo necesitaba. Buscó en la habitación varias mantas y las colocó en la lámpara de araña, para ayudarle a sujetarse si las cosas seguían así. No entendía porque nadie hacía nada. Es cierto que no había sido un marido ejemplar, pero quería a su mujer, y ella le quería o al menos le había querido a él. ¿Por qué no le ayudaba? ¿Por qué no avisaban a un cerrajero, la policía, los bomberos…?
 Comenzó a pensar en todo lo que había vivido con su familia. Siempre había pensado que era un freno para él. Se casó joven al dejar embarazada a su mujer y desde entonces sus sueños se habían truncado uno por uno. No se podía decir que no los quisiera, pero le habría gustado llevar otra vida… O eso pensaba hasta unas horas antes. Ahora se daba cuenta de que ellos eran su vida y que lo peor de morir no era de dejar de existir sino dejar de verlos.
 No sabía que acabaría con él antes, si el frío o el agua. Ya estaba subido en la lámpara y temblaba como jamás lo había hecho, cuando un rayo de esperanza calentó su corazón. Era su mujer, acababa de volver y venía con un cerrajero. Es por aquí, no sabemos porque no se abre, le decía. Aun podía conseguirlo, tenía que superar la congelación, estaba salvado, lo notaba, ahora sí. 
 Pasó una hora, quizá dos y la puerta seguía cerrada. A pesar de estar subido a la lámpara el agua le llegaba por el pecho. Notaba como el conocimiento intentaba abandonarle mientras él recordaba canciones de su niñez para mantenerse despierto. Llamaré a los bomberos, oyó decir a su mujer. Es por aquí agentes, no sé qué pasa y temo que mi marido este dentro les repetía una y otra vez a los policías con cierto pánico en la voz.
 Nadie podía abrir, nadie podía tirar la puerta abajo, nadie podía abrir un hueco en la pared. Estaba encerrado y probablemente allí se quedaría por siempre. Apenas dos o tres centímetros separaban el agua del techo y solo sus labios quedaban por sumergir. Ya no veía nada, ya no sentía nada. Su alma estaba separada de su cuerpo esperando para verle morir.