domingo, 26 de agosto de 2012

EL PASAJE DE LA VIDA


Siempre he pensado que Henry y Kate eran la pareja perfecta. Se conocieron a los 18 años el primer día de universidad. Henry y yo éramos compañeros de clase desde el colegio y entramos juntos en la facultad de derecho. Ella era mi prima, aunque hasta ese momento no habíamos tenido mucha relación.
  
Kate estudiaba bellas artes en el campus de al lado y un día mientras paseaba con Henry nos la encontramos. Aun recuerdo como brillaban sus ojos aquella mañana, y como no, también recuerdo la cara de bobo con la que mi buen amigo la miraba. En aquel momento ya pensé que estarían toda la vida juntos.

Tuvieron que pasar 3 años más para que aquellos dos saliesen juntos. ¡Vaya 3 años que pase yo! Escuchando día y noche a mi amigo, que también ejercía como compañero de piso, llorando por las esquinas por ese amor supuestamente no correspondido.
  
Finalmente lo consiguió y al poco tiempo mi compañero  se había convertido en una sombra que, lo poco que salía de su habitación, siempre lo hacía acompañado de mi prima. Terminamos la facultad todos a la vez, y a los 6 meses me busqué otro piso y les deje allí viviendo. La armonía que había entre ellos era perfecta, jamás vi ni veré a una pareja más enamorada.
  
El tiempo pasó y llegó, como no podía ser de otra manera, la boda. Eran tan empalagosos que se empeñaron en celebrar juntos la despedida de soltero. Para ello, un selecto grupo de amigos nos hicimos un viaje por Europa. El recuerdo más vívido que tengo de ese viaje fue cuando perdimos los pasaportes al romperse la cremallera de la mochila donde iban todos guardados. En medio de todo el jaleo y el nerviosismo, Kate parecía la luz que nos infundía calma y que, como no, solucionó el problema.
  
Volviendo a la boda. La celebraron en una bonita capilla en un pueblo perdido en la sierra. Fue una ceremonia discreta con tan solo 20 invitados y un cura que había bebido más de la cuenta. Henry aun llora de la risa cuando lo recuerda.
  
Fueron unos años muy felices. Todos los domingos  íbamos mi mujer y yo a comer a su casa, y durante varios veranos consecutivos fuimos juntos de vacaciones.
   
Henry era abogado del estado mientras que Kate trabajaba en un instituto dando clases de historia del arte mientras se sacaba su tesis para poder enseñar en la facultad.

Pasaron ocho años y Henry se convirtió, tras mucho esfuerzo, en el abogado más importante de la ciudad. Kate, consiguió su tesis pero tras dar clase durante algunos años en la universidad, descubrió que eso no era lo suyo y ahora enseñaba en una escuela privada.
  
Pero esa alegría no dudaría mucho. Se descubrió que uno de jefes del bufete donde trabajaba Henry había sobornado a un jurado para ganar un caso especialmente sonado dentro del país. El escándalo fue tal que la empresa quebró y mi buen amigo se quedo sin trabajo.
  
Fueron tiempos difíciles. Se mudaron a una casa más pequeña y Kate volvió a aceptar el trabajo en la universidad para ganar más. Henry comenzó a trabajar en un bar. Eran felices.
  
Tuvieron que pasar dos años más para que la cosa mejorase, aunque solo en lo profesional. De nuevo ambos pudieron dedicarse a lo que de verdad les gustaba y volvieron a mudarse, aunque en esta ocasión a un pequeño chalet a las afueras. En cuanto a su vida personal…. 

Aun recuerdo aquel domingo en el que Kate se puso a llorar desconsoladamente y nos conto que llevaban seis años intentando tener un hijo, y que tras varios fallos de inseminación artificial ya no sabía lo que hacer. Es la única vez que he visto a esa pareja tambalearse lo más mínimo. Mi prima se estaba volviendo loca.
  
Tras muchos problemas y mucho llorar, Henry llamó a mi casa unos meses después para darnos la gran noticia de que Kate se había quedado embarazada. En aquellos momentos yo también estaba a la espera de mi primer hijo, que nacería en apenas 6 semanas.
  
Henry soñaba con que una manita más pequeña que la suya pudiese rescatar a su mujer y devolverla a sus cabales. Sin embargo esa alma inocente abandono su cuerpo antes de estar formado, dejando a Kate tocada para siempre.

-       No se preocupe Henry, en una o dos semanas estará bien ya lo verá.- Y nosotros les creíamos. Henry creía a los doctores cada vez que se lo decían, pero lo cierto era que Kate estaba cada vez más débil.

Aun así nadie desfallecía. Los queríamos tanto que Diana, mi mujer, y yo, que estábamos buscando una casa en las afueras decidimos mudarnos a un chalet que se vendía muy cerca del de ellos.
  
Mi prima se lo tomo mejor de lo que pensábamos. Cuando perdió al niño creíamos que iba a terminar de enloquecer, pero le devolvió la cordura. Estabas más optimista que nunca. En el peor momento, cuando todos no veníamos abajo, una vez más era ella la luz que nos iluminaba y sabía lo que había que hacer.

Pero cada rayo de luz que salía de ella nunca volvía. Al cabo de unos meses ya no podía andar, así que cada mañana y cada noche Henry la bajaba en brazos hasta el sofá, donde pasaba todo el día.
  
Los médicos seguían diciendo que estaba bien, y que era cuestión de tiempo que mejorase, pero lo cierto es que a mi querido amigo cada vez le costaba menos cogerla en brazos.
  
Recuerdo especialmente un día que fui a verla al volver de trabajar. Llevaba unos pantalones cortos y podía ver sus piernas, más flacas de lo que jamás hubiera imaginado.
  
Ella decía sentirse bien, pero estaba preocupada por Henry. ¿Qué será de él cuando yo no este? Me decía. ¿Cuidarás de él verdad? Me imploraba. Yo, con más ganas que convicción la aseguraba que sería ella la que tendría que cuidarle y durante mucho tiempo, no yo.
  
Los médicos ya no eran tan optimistas. En su última visita, antes de que Henry les echara a patadas, dijeron que no sabían que podía pasar, que estaban desconcertados.
  
Kate ya no se movía de la cama. Seguía igual de feliz y de radiante pero su pelo había perdido color y su cara estaba más pálida de lo normal. Henry pidió una excedencia en su trabajo.
  
Una noche, a finales de abril estaba en el salón charlando con Henry sobre su mujer cuando Diana bajó a decirnos que mi prima quería verme. Subí con un nudo en la garganta y temblando de la cabeza a los pies.
  
Estaba incorporada en la cama, y se la veía mucho mejor que los últimos días, incluso había recuperado algo de color. Me dijo que nos sentáramos a hablar.

-       Esta vez, y por favor no me interrumpas, escúchame. Te quiero. Sabes que eres la persona en la que más confío en el mundo a parte de Henry y por eso te pido que cuides de él. Y no me salgas con que yo lo hare. Ambos sabemos lo que va a pasar, ambos sabemos que tengo el tiempo limitado y jamás podría irme tranquila de este mundo sin saber que él estará bien.

Me puse a llorar. Intentaba evitarlo, mirar a otra parte, pero no podía, llevaba demasiado tiempo fingiendo. – Sabes que lo hare, sabes que cuidare de él y que nunca le faltara de nada en nuestra casa.

-       Lo sé. Solo necesitaba asegurarme. Sabes… A veces pienso que hubiera sido mejor no conocerle. Pienso que sería mejor no haberle hecho pasar por todo esto. Que encontrara a una mujer mejor que yo, que no lo hubiera machacado así estos últimos años y que le hubiera podido dar un hijo…

Esas palabras fueron como un tortazo para mí, y tras reprimirla duramente a pesar de su estado, la bese la frente y la dije que iba a llamar a Henry para que subiera y le quitara esos pájaros de la cabeza.

No sé cuánto tiempo estuve esperando a que Henry bajara, pudieron ser quince minutos, o quizá dos horas solo recuerdo que cuando oí abrirse la puerta de la habitación de Kate un escalofrío me recorrió la espalda, y al ver bajar a Henry, cubierto de lagrimas y con su brazo en alto, la oscuridad lleno la habitación en la que nos encontrábamos.

domingo, 19 de agosto de 2012

EL MUNDO CONTRA MÍ


 "Yo y Somalia contra el mundo; yo y mi clan contra Somalia, yo y mi familia contra mi clan; yo y mi hermano contra mi familia; yo contra mi hermano". El joven Abdul de tan solo doce años se había criado bajo este viejo proverbio somalí desde hacía algo más de un lustro.

En otro tiempo su familia había tenido un futuro prometedor y un presente solido, ahora solo les quedaba un pasado que apenas podían recordar. Nieto de comerciantes, su padre había heredado el negocio unos meses antes de trasladarse al campamento de refugiados. A pesar de todo lo que se vivía en Somalia, su padre era propietario de uno de los pesqueros más importantes del país, hasta que un día los piratas abordaron su barco y lo decapitaron.
  
Desde su nacimiento, Abdul, nunca había visto lo que era realmente el país de origen de sus padres. Siendo su progenitor solo un chaval, se había trasladado a Kenia con su abuelo. Al morir este en territorio somalí, tuvieron que ir a recoger el cuerpo y nunca más pudieron salir, quedando atrapados para siempre en Mogadiscio.
  
En otro tiempo tuvieron esperanza de poder marcharse. En otro tiempo temían a un hombre armado. En otro tiempo la muerte era la excepción y no la regla. Por fortuna, por decirlo de alguna manera, tanto él como sus hermanos habían conseguido sobrevivir a la malnutrición que sufrieron al llegar a aquella pocilga de refugiados, y ya se habían acostumbrado al rugir de sus tripas a cada hora.
  
Abdul tuvo que dejar la escuela, pero como le había dado tiempo a aprender a leer, aun conservaba un libro de viejos cuentos africanos que leía cada noche a aquellos que le quisieran escuchar. Cada mañana enseñaba a sus hermanos pequeños lo poco que a él le había dado tiempo a aprender, mientras, su madre ayudaba a otras mujeres del campamento a preparar la comida.
  
Aunque pueda parecer que la hora de la comida era “el momento” del día lo cierto es que para Abdul era un suplicio. Había que hacer una cola de varias horas, donde raro era que no hubiese problemas, hasta llegar a la cazuela. Una vez allí te servían una ración mínima de arroz. Muy a menudo su madre, Teby, donaba la mitad de su plato, que no era mucho decir, a sus tres hijos. Lo cierto es que ellos no solían aceptarlo.

Hacía aproximadamente dos semanas que Abdul había conseguido un trabajo, algo bastante raro en Somalia y más para alguien que vive en un campamento de refugiados. Uno de los señores de la guerra se había enterado de que este chico sabía leer y escribir, y lo había contratado durante dos horas todos los días para que enseñase a sus hijos. Aunque no lo parezca, eso ya era mucho. Hacía años que en su casa nadie sentía ilusión, pero el que pudiese llevar algo de dinero a casa, aunque fuera una miseria, ya era un gran logro, y sobre todo un rayo de esperanza.
  
Así pues Abdul se levantaba temprano todas las mañana e iba a trabajar. A menudo le ofrecían hígado  frito acompañado de arroz o pasta que él tomaba de muy buen grado. Si nadie lo miraba se guardaba un poco para dárselo a sus hermanos.
  
La vida de esa pobre familia por fin empezaba a prosperar y nunca, al menos desde que su mente recordaba, había sido tan feliz. Todas las noches, antes de dormir, después de leer un cuento en alto para los niños del poblado, Abdul se juntaba con sus hermanitos y su madre, les prometía que los sacaría de allí, que pronto tendrían una casa y que Teby nunca tendría que volver a trabajar.
  
Una mañana mientras se vestía para ir a trabajar, se dio cuenta de que algo no iba bien. Su madre estaba sudando y temblaba de píes a cabeza. Tras asegurarle que no era nada y que se diese prisa para no llegar tarde, Abdul se fue a dar clase con un nudo en la garganta. En cuanto terminó fue corriendo hasta su tienda. Allí se encontraba ella, en la misma postura en la que la había dejado y con los mismos síntomas.
  
Llegó la hora de comer y como Teby no podía ir, su hijo pidió su ración de comida para llevársela. Abdirax, el miliciano encargado de la comida, se negó a darle dos raciones alegando que si se iba a morir no necesitaba gastar comida que podría usar otro.
  
Esto enfureció de sobremanera a Abdul, que se lanzó contra él cogiendo una piedra y empezó a golpearle con ella hasta que lo mató. Cuando consiguieron separarle y comenzó a pensar, se dio cuenta del fallo que acababa de cometer y escurriéndose entre todos sus vecinos que intentaban apresarle, corrió a su casa seguido por sus hermanos para recoger a su madre y marcharse de allí.
  
Al llegar lo que vio le dejo sin aliento, su madre estaba muerta. Pero no había tiempo de lamentaciones. Si quería salvar a sus hermanos, tenía que salir de ese campamento. Quizás si salían de Mogadiscio por el norte y llegaban a la parte controlada por los extremistas islámicos tuvieran alguna oportunidad.
  
Así pues cogió su libro y corrió junto a los pequeños esquivando a todo el que se ponía en su camino. Comenzaron a escucharse tiros. Parecía que nadie estaba herido aunque Abdul hubiese jurado que una bala le había rozado la oreja. Más tiros. No había nada que hacer los cogerían, no tenían donde esconderse.
  
De repente vieron a un hombre bajarse de su coche mientras hablaba con un transeúnte y dejarlo abierto. Era su oportunidad, nunca había conducido pero no había otra.  Los tres se abalanzaron sobre el vehículo antes de que el dueño pudiera reaccionar y se marcharon.
  
Lo consiguieron, habían dejado atrás a los milicianos e iban a salir de allí. Pero había algo que no sabían y es que el coche que habían robado era un vehículo oficial del ejército nacional.
  
Según se iban acercando a la frontera entre el estado oficial y la región islámica aumentaba su adrenalina. Lo iban a conseguir. Pero algo no iba bien, los islamistas les estaban amenazando y no les dejaban pasar.
  
Pero  ¿Por qué?, Abdul pensó que lo mejor era acercase y explicarles lo que pasaba, no les iban a  negar la entrada a tres niños. Mientras se acercaba no dejaba de pensar en su madre.
De repente, un disparo atravesó el cristal delantero impactando sobre la cabeza  de su hermanito más pequeño de tan solo 6 años. Los otros dos chicos empezaron a gritar. Abdul no sabía qué hacer y freno en seco. Los soldados les pedían que bajaran y ellos, demasiado asustados, no se atrevían a hacerlo.

Abdul decidió que lo mejor era quitarse su camiseta blanca y sacarla por la ventanilla. Este movimiento le costó la vida. Desde la frontera interpretaron que quería sacar un arma y fue acribillado a tiros por los soldados.
  
En cuanto a su hermano consiguió salvarse… Si es que a lo que le esperó después se le puede llamar así.

lunes, 13 de agosto de 2012

EL ÚLTIMO DISPARO


Era una mañana soleada en un pequeño pueblo a las afueras de Madrid. Fran había pasado una mala noche y se levantó con un mal presentimiento en el cuerpo que achacó a que era su primer día en la parroquia del pueblo. Hacía meses que no oficiaba ninguna misa tras su retiro espiritual y para él era un momento muy importante. Como solía hacer antes de su clausura todas las mañanas, desayunó leyendo el periódico mientras se tomaba un zumo natural.

Las noticias no traían nada nuevo, y tras un vistazo rápido empezó a repasar la misa que daría en apenas dos horas. Cuando creyó que ya se lo sabía se vistió y con ayuda de un joven monaguillo, al que conoció el día anterior, lo preparó todo. Aun quedaba más de media hora para el comienzo, pero ya estaba de pie mirando los bancos donde se sentarían sus fieles.
María, su madre Carmen y su vecina Marga siempre eran las primeras en llegar a misa, pero ese día fueron aun antes para ver al nuevo cura. Cuando llegaron Fran acababa de ultimar los preparativos y las recibió con una sonrisa.
  
María estaba casada desde hacía 8 años y esperaba su tercer hijo. Su madre, Carmen vivía con ella desde que su marido había muerto de cáncer unos meses atrás y Marga era amiga de María desde que apenas eran unas niñas. Aquel día camino a la iglesia fueron hablando del nombre que le pondría al bebe, hacía un par de días la habían dicho que sería un niño, el primero de la familia.
  
Se sentaron en el sitio de siempre mientras esperaban a que llegaran las dos hijas de María, que la noche anterior se habían quedado a dormir en casa de una amiga.

Él se levantó aquella mañana aturdido. Tenía que acudir a la iglesia, tenía que hacerlo, no quería pero había una fuerza sobrenatural que lo obligaba, así que se vistió y tras desayunar abundantemente marcho a la parroquia bien temprano.

Cuando  él llegó se asomó a una de las ventanas de la casa del cura y le vio desayunando. No quiso molestarlo y aguardo entre las sombras hasta que María, Carmen y Marga entraron en la iglesia. Ese era el momento, había llegado su hora. Un ardor se apoderó de él y de nuevo apareció esa voz que solía susurrarle al oído lo que debía hacer. Durante un tiempo los médicos habían conseguido callarla pero ella se había sobrepuesto y él sabía que ese era su destino.

 Entró en la capilla gritando que era la hora mientras sacaba una pistola de las cartucheras de sus vaqueros. Sin apuntar y casi sin mirar comenzó a disparar en dirección a las tres mujeres. Cuando gasto el primer cargador se acercó hacía ellas mientras lo cambiaba.
  
María se encontraba en ese momento contándoles a su madre y su querida amiga y vecina que la pequeña de sus niñas, Emily, acababa de entrar en el coro del colegio cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo y miro a la puerta mientras el maniaco sacaba su pistola y comenzaba a disparar indiscriminadamente.
  
Ese segundo de más le permitió agacharse y esconderse detrás de los bancos. Fue reptando entre ellos y aprovecho que él se acercaba para ir hacia la puerta con el mayor sigilo posible. Cuando estaba llegando a la puerta se giró y vio a Fran escondido detrás de una mesa que se encontraba delante del altar. Sufrió otro gran escalofrío al ver a Carmen y Marga desangrándose en el suelo e incluso se sintió culpable por no tener más que un pequeño rasguño en el brazo.

Pero no, tenía que salir de allí, por él, por su hijo. Ya casi lo había conseguido, un poco más y habría llegado. Se volvió a girar y allí estaba él cambiando el cargador, no, no era un sueño. Ya había llegado a la puerta e incluso podía ver a través de una pequeña rendija de luz a la gente que se apiñaba fuera tras escuchar los disparos. A él se le había atrancado el arma y seguía enfrascado en esa tarea. Se levanto sigilosamente y al abrir la puerta sintió una punzada de dolor en la espalda.
  
Fueron unos segundos desconcertantes, sintió mucho frío pero a la vez sentía una humedad que casi llegaba a quemarle en la espalda. No veía nada y se abrazo su tripita dedicándole su último pensamiento esa criatura que nunca vería la luz.
  
Y allí estaba él, con la pistola aun en alto apuntando a donde acababa de disparar. Rió como loco durante unos minutos y anduvo lentamente hacía el altar. Se colocó debajo y se suicidó ante la mirada impotente del hombre de la cruz.