"Yo y Somalia contra el mundo; yo y mi
clan contra Somalia, yo y mi familia contra mi clan; yo y mi hermano contra mi
familia; yo contra mi hermano". El joven Abdul de tan solo doce años se
había criado bajo este viejo proverbio somalí desde hacía algo más de un
lustro.
En otro tiempo su familia había tenido un
futuro prometedor y un presente solido, ahora solo les quedaba un pasado que
apenas podían recordar. Nieto de comerciantes, su padre había heredado el
negocio unos meses antes de trasladarse
al campamento de refugiados. A pesar de todo lo que se vivía en Somalia, su
padre era propietario de uno de los pesqueros más importantes del país, hasta que
un día los piratas abordaron su barco y lo decapitaron.
Desde
su nacimiento, Abdul, nunca había visto lo que era realmente el país de origen
de sus padres. Siendo su progenitor solo un chaval, se había trasladado a Kenia
con su abuelo. Al morir este en territorio somalí, tuvieron que ir a recoger el
cuerpo y nunca más pudieron salir, quedando atrapados para siempre en
Mogadiscio.
En otro tiempo tuvieron esperanza de poder marcharse.
En otro tiempo temían a un hombre armado. En otro tiempo la muerte era la
excepción y no la regla. Por fortuna, por decirlo de alguna manera, tanto él
como sus hermanos habían conseguido sobrevivir a la malnutrición que sufrieron
al llegar a aquella pocilga de refugiados, y ya se habían acostumbrado al rugir
de sus tripas a cada hora.
Abdul tuvo que dejar la escuela, pero como le
había dado tiempo a aprender a leer, aun conservaba un libro de viejos cuentos
africanos que leía cada noche a aquellos que le quisieran escuchar. Cada mañana
enseñaba a sus hermanos pequeños lo poco que a él le había dado tiempo a
aprender, mientras, su madre ayudaba a otras mujeres del campamento a preparar
la comida.
Aunque pueda parecer que la hora de la comida
era “el momento” del día lo cierto es que para Abdul era un suplicio. Había que
hacer una cola de varias horas, donde raro era que no hubiese problemas, hasta
llegar a la cazuela. Una vez allí te servían una ración mínima de arroz. Muy a
menudo su madre, Teby, donaba la mitad de su plato, que no era mucho decir, a
sus tres hijos. Lo cierto es que ellos no solían aceptarlo.
Hacía
aproximadamente dos semanas que Abdul había conseguido un trabajo, algo
bastante raro en Somalia y más para alguien que vive en un campamento de
refugiados. Uno de los señores de la guerra se había enterado de que este chico
sabía leer y escribir, y lo había contratado durante dos horas todos los días
para que enseñase a sus hijos. Aunque no lo parezca, eso ya era mucho. Hacía
años que en su casa nadie sentía ilusión, pero el que pudiese llevar algo de
dinero a casa, aunque fuera una miseria, ya era un gran logro, y sobre todo un
rayo de esperanza.
Así pues Abdul se levantaba temprano todas las
mañana e iba a trabajar. A menudo le ofrecían hígado frito acompañado de arroz o pasta que él
tomaba de muy buen grado. Si nadie lo miraba se guardaba un poco para dárselo a
sus hermanos.
La vida de esa pobre familia por fin empezaba
a prosperar y nunca, al menos desde que su mente recordaba, había sido tan
feliz. Todas las noches, antes de dormir, después de leer un cuento en alto
para los niños del poblado, Abdul se juntaba con sus hermanitos y su madre, les
prometía que los sacaría de allí, que pronto tendrían una casa y que Teby nunca
tendría que volver a trabajar.
Una mañana mientras se vestía para ir a
trabajar, se dio cuenta de que algo no iba bien. Su madre estaba sudando y
temblaba de píes a cabeza. Tras asegurarle que no era nada y que se diese prisa
para no llegar tarde, Abdul se fue a dar clase con un nudo en la garganta. En
cuanto terminó fue corriendo hasta su tienda. Allí se encontraba ella, en la
misma postura en la que la había dejado y con los mismos síntomas.
Llegó la hora de comer y como Teby no podía ir,
su hijo pidió su ración de comida para llevársela. Abdirax, el miliciano
encargado de la comida, se negó a darle dos raciones alegando que si se iba a
morir no necesitaba gastar comida que podría usar otro.
Esto enfureció de sobremanera a Abdul, que se lanzó contra él cogiendo una
piedra y empezó a golpearle con ella hasta que lo mató. Cuando consiguieron
separarle y comenzó a pensar, se dio
cuenta del fallo que acababa de cometer y escurriéndose entre todos sus vecinos
que intentaban apresarle, corrió a su casa seguido por sus hermanos para
recoger a su madre y marcharse de allí.
Al llegar lo que vio le dejo sin aliento, su
madre estaba muerta. Pero no había tiempo de lamentaciones. Si quería salvar a
sus hermanos, tenía que salir de ese campamento. Quizás si salían de Mogadiscio
por el norte y llegaban a la parte controlada por los extremistas islámicos
tuvieran alguna oportunidad.
Así pues cogió su libro y corrió junto a los
pequeños esquivando a todo el que se ponía en su camino. Comenzaron a
escucharse tiros. Parecía que nadie estaba herido aunque Abdul hubiese jurado
que una bala le había rozado la oreja. Más tiros. No había nada que hacer los
cogerían, no tenían donde esconderse.
De
repente vieron a un hombre bajarse de su coche mientras hablaba con un
transeúnte y dejarlo abierto. Era su oportunidad, nunca había conducido pero no
había otra. Los tres se abalanzaron
sobre el vehículo antes de que el dueño pudiera reaccionar y se marcharon.
Lo consiguieron, habían dejado atrás a los
milicianos e iban a salir de allí. Pero había algo que no sabían y es que el
coche que habían robado era un vehículo oficial del ejército nacional.
Según se iban acercando a la frontera entre el
estado oficial y la región islámica aumentaba su adrenalina. Lo iban a
conseguir. Pero algo no iba bien, los islamistas les estaban amenazando y no
les dejaban pasar.
Pero
¿Por qué?, Abdul pensó que lo mejor era acercase y explicarles lo que
pasaba, no les iban a negar la entrada a
tres niños. Mientras se acercaba no dejaba de pensar en su madre.
De
repente, un disparo atravesó el cristal delantero impactando sobre la cabeza de su hermanito más pequeño de tan solo 6
años. Los otros dos chicos empezaron a gritar. Abdul no sabía qué hacer y freno
en seco. Los soldados les pedían que bajaran y ellos, demasiado asustados, no
se atrevían a hacerlo.
Abdul
decidió que lo mejor era quitarse su camiseta blanca y sacarla por la
ventanilla. Este movimiento le costó la vida. Desde la frontera interpretaron
que quería sacar un arma y fue acribillado a tiros por los soldados.
En cuanto a su hermano consiguió salvarse… Si
es que a lo que le esperó después se le puede llamar así.
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