jueves, 12 de junio de 2014

De cómo contarle a tu madre que tienes un tatuaje al peligro de la viagra sin receta

Bolsoff era el líder de una banda búlgara especializada en raptar gente y tatuarla. Durante los últimos 15 años Madrid se había convertido en el centro de todas sus operaciones y era relativamente frecuente que las familias de clases altas recibiesen una llamada de Bolsoff amenazando con hacer algún tatuaje horrible al secuestrado si no se le daba un rescate. Llevaban sin actuar desde que Rivoff fue apresado por la policía hacía casi seis meses. En ese momento decidieron tomarse unas vacaciones hasta que volviera la calma.

Max Stone, como le gustaba que le llamaran, pero más conocido como Pablo Gutiérrez era el comisario encargado de investigar al grupo de Bolsoff. Había pedido el caso hacía unos 10 años cuando su sobrina apareció con un tatuaje del perfil de Góngora que le ocupaba de hombro a hombro. Pocos confiaban en él, pero tenía una baza secreta. En uno de sus últimos movimientos la banda se había dejado una minúscula pista, invisible para el resto de investigadores; gracias a la cual había descubierto que alguno de los miembros era jugador de petanca.

Todas las noches desde que lo halló, junto al cuerpo semi inerte de un chico al que le habían tatuado el brazo izquierdo de Churchill en su brazo derecho, se sentaba en el sofá de casa junto a una copa de brandi y admiraba el maletín de juego de petanca en cuyo interior había un resguardo para el torneo municipal de Las Tablas. Tras mucho pensarlo decidió inscribirse a ver si conseguía encontrarle.

Bolsoff estaba nervioso. Los tres últimos años había quedado tercero en el torneo de petanca de Las Tablas pero en esta ocasión tenía que ganarlo. Su padre, Bolsoff Padre, fue campeón de petanca en la URRS durante cinco años seguidos hasta que fue fusilado por traición al pillarle tarareando una canción de “the Jackson five”. Él no había heredado el talento de su progenitor así que este era el único homenaje que podía hacerle.

Pablo Gutiérrez estaba gordo. Profundamente horondo. Por ello, si quería infiltrase en el mundo de la petanca tenía que ponerse en forma. Aquella mañana mientras desayunaba un vaso de agua caliente, pollo frito, lasaña y judías como cada mañana, decidió adelgazar. Primero prescindió de los dulces; luego del pan, los hidratos, la carne, el pescado, la leche, las legumbres, la fruta y la verdura. Tras un mareo, una brecha y tres días de ingreso concluyó que era mejor dejar la dieta y empezar a entrenar.

Cuando Bolsoff fue a coger su maletín para acudir al centro de entrenamiento se dio cuenta que había desaparecido, y con él la inscripción. Puso la casa del derecho y del revés. Llamo a cada uno de sus hombres, a algunas mujeres y al rabino de la parroquia de su pueblo en Bulgaria pero no lo encontró. ¿La única salida? Un nuevo golpe que le permitiese comprarse un juego nuevo de petanca y pagar una nueva inscripción. ¿El objetivo? La hija de un traficante de viagra que vivía al otro lado de la calle. Era un golpe sencillo. Tenían total acceso a la chica y él nunca acudiría a la policía.

Juan José Roldán, más conocido como el “el sevillano empalmao” era una de las mayores fortunas de la ciudad y el líder del lobby “las mariconeras no son femeninas”. Había conseguido amasar todo ese dinero comprando un sucedáneo de viagra en la India y traficando aquí con ella. Sabía que era intocable ya que su influencia sexual se extendía hasta las mujeres de los más altos cargos del funcionariado. Viudo al provocarle un ataque cardíaco a su mujer en pleno acto sexual; se volcaba totalmente en su hija, tres o cuatro vecinas del edificio y los puros habanos.

El lunes empezó el entrenamiento. Pablo era pésimo. Aunque yo no lo vi, hay quien asegura que la muerte de la octogenaria María Gil viene precedida del impacto de una de las bolas de metal del comisario. Tras varios días sin mejorar, Bolsoff decidió ayudarle. El búlgaro sabía perfectamente que Pablo Gutiérrez era el encargado de su investigación pero tras oírle defender acaloradamente ante el repartidor de bebidas del polideportivo donde entrenaban que Schopenhauer hubiera preferido el zumo con grumos, Bolsoff entendió que nunca le descubriría.

Se sucedieron los días y la relación entre agente y delincuente era cada vez mejor. Fueron a cenar, al cine, al bar y a la bolera. Hablaron de filosofía, arte, deporte y muebles de salón. El único momento tenso fue una discusión acerca de quién ganaría una supuesta pelea entre Dani Trejo y Sócrates que se solucionó con la conclusión de que dependería de si el moderador viste de amarillo o lleva un disfraz de bebe. ¿Era el comienzo de algo más que una amistad?

Juan José Roldán acababa de pedir un cargamento de viagra en sobre cuando su hija se disponía a salir de casa. Como siempre, antes de irse, la pequeña de 14 años se acercó a su padre, le beso la mejilla, dio dos vueltas al sofá, repitió el nombre de Damon Lindelof tres veces delante del espejo y se fue. Había quedado con unas amigas en la cafetería de la esquina sin saber lo que la aguardaba.

Bolsoff junto a dos compinches, Laoff y Laon, esperaban en un coche en la puerta de la casa del “sevillano empalmao”. Siguieron a la chica hasta la puerta de la cafetería y allí trazaron un complejo plan. “Vosotros entráis bailando la macarena y ante el desconcierto general me llevo a la chica. Quiero un trabajo limpio, sin tatuajes innecesarios. No olvidéis poneros las caretas de Monty Phython” explico el líder. Lo que Bolsoff no podía imaginar es que el solitario comisario de policía se dirigía hacia ese mismo lugar en aquel preciso instante.

Tal y como había planeado el golpe fue limpio. Laon y Laoff entraron con sendas caretas de los personajes más populares de Monty Phyton bailando la macarena ante un público que se preguntaba, más que nada, quienes eran los personajes representados en las mascaras. En el momento justo Bolsoff entró corriendo, se metió a la chica bajo el brazo y salió a toda prisa con sus dos esbirros tras él. Cuando no había recorrido ni la mitad del trayecto entre la puerta del local y donde habían dejado el coche, en esa zona se aparca bastante mal, chocó con Pablo Gutiérrez.

Al ver al comisario el grupo se disperso y se inició una larga persecución entre Pablo y Bolsoff, que seguía con la chica bajo el brazo. Durante la cacería hubo gritos, saltos, dos paradas a beber agua, una para recuperarse del flato, subidas de escaleras, un largo trayecto en metro donde Bolsoff tuvo que levantarse para dejar que una anciana se sentara y un importante dolor de pies. Finalmente tras saltar desde un tejado a un callejón, los tres caen al suelo y al búlgaro se le cae la careta. Pablo y Bolsoff sacan rápidamente su arma y se apuntan con ella. Mientras, la joven, con una pierna rota y el pintalabios corrido escribe una entrada en Facebook. Tras unos segundos que parecen segundos agente y delincuente bajan el arma.

Sobre lo que paso aquella noche aun quedan muchas dudas. Solo se sabe que la policía alertó a los vecinos de que había mucho ruido en la casa de Bolsoff a ver si podían pasarse a echar un ojo. Cuando llegaron se encontraron una gran sorpresa. Según se publicó en la prensa habían hallado los cadáveres del propietario de la casa y de Pablo Gutiérrez desnudos y con evidentes signos de haber sido sexualmente forzados en una habitación, restos de un combate ilegal de gallos en el baño y a O J Simpson durmiendo en el sofá. El mismo periódico daba como principal sospecho al viagras pero no han conseguido demostrarlo.

- ¿De verdad nos has contado toda esta historia para justificar que te hayas apuntado a clases de petanca? - Dijo Jorge.
- Solo quería demostraros que es un deporte de riesgo. – Contestó Roger.
- ¿Riesgo cómo cenar el de Clayre`s quieres decir? – Respondió Jorge.
- Os estáis olvidando de lo más importante. Ambos antepusieron su amor a las ambiciones personales. – Afirmó Raúl
- ¿Amor? – Replicó Roger – Amistad querrás decir.
- ¿Qué más da una cosa u otra? Amistad, amor… Para que morir por nada de eso – Terció Joaquín.
- Se nos está olvidando lo más importante. – Cortó Rubén - Y los gallos ¿Por qué?

martes, 25 de marzo de 2014

No eres yo

La verdad es que no podría decirte nada. Siempre vienes a pedirme consejo a mí como si supiese algo del bien y del mal.
Quieres que te de lecciones de moral, que te diga como conseguir mujeres y como dejarlas. Quieres que te ayude a encontrar una excusa para eludir tus obligaciones y otra para no ir a la cita que tenías a esa misma hora. Quieres estar por encima de todo y de todos pero no ensuciarte las manos. Quieres coger una soga, atarla al cuello del que se interponga en tu camino y apretar hasta que muera... O hasta que ya no te interese. Quieres dinero, poder, polvos y amigos. Quieres que todos sean tus juguetes y que su caja contenga tu libro de instrucciones. Quieres jugar a ser Dios. Quieres ser como yo.
Pero toda deidad sabe que no hay camino que puedas recorrer. Yo no te ayudare a destruirme. Yo no colocaré mi cetro en tu mano ni mi corona en tu cabello. Yo soy Jesús. Yo soy Mahoma. Yo soy Gautama y David y Abraham y Goliat. Nadie quiere ser el que admira pero todo protagonista necesita su público y tú, como todos los demás, eres el mío.
Nos hemos divertido mientras te tiraba el frisby pero eso se acabó. Ahora te toca guardarte el rabo y acinarte en una vida vacía y común. Si te portas bien dejare que tengas un chalet en las afueras y que tu mujer no supere los 70 kilos pero no pidas más. Te dejé lamer mi mano e intentaste robarme el anillo así que no me culpes a mí.
Y cuando se congele el infierno y cuando arda el cielo; cuando el mar se seque y la tierra se inunde; cuando esto suceda, entonces y solo entonces, dejare que me admires una vez más.

jueves, 13 de febrero de 2014

En Caída

  En aquella época ya no éramos tan jóvenes y, de alguna manera, nos parecía que la vida nos había estafado. Todos estábamos un poco solos, todos estábamos un poco muertos. Llegue a Nueva York hace hoy cinco años gracias a un viejo amigo que vivía de inhalar la pintura de sus cuadros. En el fondo no era mal pintor si le quitabas el pincel.
  Por aquel entonces pensaba que yo era un gran artista. Ahora lo sé. Los dos primeros años los pasé en Brooklyn, en casa de un viejo millonario que mantenía a cualquiera que le hiciese gracia. El muy cabrón estaba casado con una mujer 46 años más joven, un licor asiático demasiado duro para cualquier picha floja.
  Además de nosotros en la casa vivían Boris, un ucraniano proyecto de guionista que un día consiguió colocar una frase suya en un famoso anuncio de cereales y que murió hace unos meses de una paliza; Carlo, un poeta italiano del que nunca escuche un solo verso y que creo que se dejaba encular por el viejo cuando se ponía muy borracho y dos zorritas llamadas Nadia y Carol que servían de desahogo para todos lo tíos de la casa.
  Esa fue la mejor etapa de mi vida. Bebíamos 14 horas al día y el resto lo pasábamos follando o durmiendo. Cada mañana te levantabas esperando no haber pillado el puto sida, aunque el temor solo duraba hasta que nos metíamos la primera copa con el desayuno. Como ya he dicho esa fue la mejor época de mi vida hasta que ese maldito veneno chino tuvo que follarme. En realidad no me arrepiento de habérmela follado. Su chocho era la mansión de los chochos, con piscina climatizada incluida. Durante los dos meses que duró nuestro idilio solo podía pensar en ese coño jugoso que me abrasaba cada vez que podía, que me sorbía la vida varias veces al día. Al principio éramos muy precavidos, al final éramos como jodidos monos de zoo.
  Aun recuerdo el día que tuve que dejar la casa. Salí una noche con Boris en busca de alguna puta barata. El tacaño del viejo hacía días que no nos daba dinero y no podíamos conseguir nada mejor. Subimos por 44 hasta llegar al McEndri, un pub irlandés plagado de las putas más asquerosas en varias manzanas a la redonda. Boris escogió a una sudamericana regordeta y yo a una europea cuya grasa la había consumido la coca.
  Las invitamos a un par de copas y nos las llevamos a casa del viejo. Al entrar en mi habitación me encontré a la puta china tumbada en mi cama con una botella de vodka y un cenicero lleno de cigarrillos. Aun tengo borroso todo lo que pasó: gritos, golpes, el viejo, la china, gritos, golpes y disculpas. Lo único que recuerdo con claridad es que acabe corriendo calle abajo, dejando en la casa las pocas pertenencias que tenía y con el viejo disparándome desde la ventana.
  Durante varias noches estuve durmiendo en la calle, intentando engatusar a alguna zorra en un bar para conseguir una cama y una ducha caliente. Excepto Boris ninguno de los gilipollas de la casa volvió a cogerme el teléfono. Si no hubiera sido por él no hubiera podido ni pagarme el alcohol. En aquel mes y medio que pasé en la calle adelgace varios kilos, me gastaba lo poco que tenía en cerveza.
  Una mañana al salir de la casa de una de esas rameras conocí a Christine. Por fortuna para mí había conseguido lavar mi ropa y tomar una ducha caliente en la casa. Por desgracia para ella pensó que yo era un buen chico. Christine… Oh Christine… Cuanto bien podrías haberme dado si no fuera un jodido sinvergüenza. Oh Christine cuanto bien podría haberte dado si hubieras follado como una buena zorra y no como una niña buena. Christine… Fuego en el pelo, esmeralda en la mirada, labios como almohadas, un abismo en el escote. Christine, hija de un rico inmigrante francés, estudiaba filología española en Columbia. Esa era Christine.
  A veces pienso que yo soy de ese tipo de personas que van hacia el precipicio. De esos a los que el destino mete dentro de una jaula de fieras, de un circo romano y no hace nada por evitarlo. Christine me quería, yo la quería a ella. Fue un año muy intenso. La conocí cuando me escucho hablando español con el hispano que me atendió en la cafetería que nos encontramos. Ella estaba escribiendo una redacción para la universidad y me pidió que se la revisara. Oh Christine, aun recuerdo el olor del perfume detrás de tu oreja y el calor que emanaba tu cuello cuando me apoyaba sobre tu abundante pecho.
  A partir de entonces tuvimos una serie de citas para las cuales siempre tenía que conseguir una casa en la que dormir y ducharme la noche antes. No estoy orgulloso de las mujeres que tuve que conocer aquellos días pero dio resultado. Al poco tiempo conocí a su padre y poco después nos fuimos a vivir juntos. Perdí el contacto con Boris, no tenía cabida en mi nueva vida.
  Al principio todo fue maravilloso. Transformó a este Don nadie en todo un caballero. Me transformó en un gentleman, en un artista de verdad. Pero no todo podía ir tan bien y menos a mí. Apenas llevábamos tres meses viviendo juntos cuando la única persona por la que habría arriesgado mi nueva vida me pidió ayuda. Daniel, posiblemente el peor pintor de Nueva York y posiblemente mi mejor amigo vino a vivir con nosotros cuando fue desahuciado de su casa. Ese hijo de puta arruinó mi vida. Ese hijo de puta me recordó quien soy.
  Intenté resistirme a sus cantos de sirena, intenté echarle de mi casa, intenté echarle de nuestras vidas. Ahora había conocido el mundo de verdad. Los contactos se habrían ante mí. Todos esos capullos, esos putos niños de papa estaban a mis pies. Yo era la pimienta de sus salsas, las guindas de sus pasteles. Nada pasaba en el mundillo de la Jet Set de Nueva York sin que yo me enterara. Y, de vez en cuando, me desfogaba con alguna de esas jodidas pijas aburridas mientras sus maridos cerraban algún negocio con mi suegro.
  A mediados de septiembre todo cambió. Christine se fue a pasar unos días a Francia para desestresarse antes de comenzar los preparativos para nuestra boda. Ese fue su gran error, ese fue mi gran error. Daniel me convenció para aprovechar la última semana antes de casarme, había prometido dejar la casa antes de la boda. Decidí llamar a Boris, Nadia y Carol. Al marica de Carlo que le jodan. Comenzamos la fiesta en nuestra casa, algo normal. Follamos, bebimos y tomamos coca durante un par de días, hasta terminar existencias. Ya se había abierto la Caja de Pandora.
  Busque por toda la casa la llave de la caja fuerte. No la encontré. Pasamos horas intentando abrirla hasta que finalmente un viejo compañero del ejército de Boris que había trabajado con ellas consiguió reventarla. 120.000 dólares para gastar en 6 días. La fiesta comenzó en Nueva York y termino en Los Ángeles. Me había dejado la puerta abierta así que cuando Christine llegó la casa había sido saqueada y había varios vagabundos durmiendo dentro. Su padre contrató a unos matones para que me dieran una paliza pero también eran amigos de Boris así que se conformaron con romperme un par de dedos.
  El último año lo he pasado viviendo de las rentas que me están dando la publicación de mi único libro, colocado por el padre de Christine. No me da mucho dinero pero me sirve para comer todos los días, beber todo lo que quiero y vivir en un sucio apartamento del sur del Bronx mientras intento escribir una nueva novela.
  Cuando me he despertado esta mañana en el apartamento no recordaba nada de lo que pasó ayer. La puerta de la casa está llena de pintadas y la ventana sigue abierta a pesar de que estamos en invierno. Al levantarme siento un agudo dolor en la planta del pié y noto un liquido caliente y viscoso bajo él, el suelo está lleno de cristales. Me calzo unos zapatos y me dirijo a la nevera a por una cerveza. No queda nada. Camino al baño, veo una chica desnuda tumbada en el pasillo, no sé quién es. Dos tronchos flotan en el wáter que está a punto de rebosar. Me siento en el bidé a desahogar mi cuerpo. Desde allí miro mi cama. Me entran ganas de vomitar. Las chinches saltan de un lado a otro de las sabanas entre puntos de sangre. Me doy cuenta de que me pican muchísimo las pelotas. Al rascarme noto como el picor se traslada a mi mano y descubro en ella un pequeño insecto blanco que intenta volver al sitio del que salió.

sábado, 18 de enero de 2014

Amores difuntos

Él la amaba, sabía que la amaba como nunca iba a volver a amar a nadie, pero ella se fue, se marcho, se esfumo. Ya nunca la volvería a ver, ya nunca la tendría entre sus brazos, no la abrazaría, no la besaría.

Ya nunca la tocaría sus graciosas orejitas ni le apartaría el pelo de la frente. Nunca dormiría con ella, ni reiría con ella, ni lloraría con ella.

Aun así, seguía llorando por ella, y riendo por ella, y despertando cada mañana imaginando sus susurros en el oído como había hecho durante años. Aun se imaginaba que seguían juntos, que paseaban, que se miraban y que se amaban.

Pero, ¿A quién quería engañar? Se acabo, tenía que pasar pagina y si no era en esta vida, tendría que ser en otra.

Acerco el cañón del revolver a su boca mientras unas silenciosas lagrimas recorrían sus mejillas. No quería morir sin recordarla, sin recordarla tal y como era.

Tenía que ser así, si las cosas hubieran sucedido de otra manera no habría podido vivir imaginándose quién la estaría besando, acariciando, haciéndola reír.

Puso el dedo en el gatillo, preparado para disparar mientras recorría en su mente esos últimos instantes juntos, las lagrimas, la tensión, los gritos y la desesperación.

Y entonces apretó el gatillo mientras recordaba, el instante justo, en el que la mató.