Cuando despertó tardo varios minutos en darse cuenta de lo que
estaba pasando. Un frío húmedo le había recorrido el cuerpo y cuando se levantó
de la cama para cerrar la ventana noto que todo el suelo estaba encharcado. Por
las ranuras del suelo de parqué manaba agua helada.
Jon, muy
asustado, fue corriendo a la puerta para avisar a sus hijos, pero estaba
completamente cerrada. Comenzó a gritar pero no salía voz de su garganta así
que decidió subirse a la cama e intentar pensar algo.
Se
tranquilizó al ver que la habitación se inundaba muy poco a poco y que aún
quedaban muchas horas para que pudiera morir ahogado o congelado. Su mujer
Kathy, que tenía turno de noche en el hospital, llegaría en unas horas y
entonces le sacaría de allí.
Intento dormir
mientras tanto, tampoco tenía nada mejor que hacer. El incesante sonido de las
burbujas de agua y el tic-tac del reloj lo mantenían más despejado de lo que le
gustaría por lo que se mantuvo varias horas bailando entre lo real y lo
onírico.
A pesar de
ello tuvo un sueño de esos que cuesta distinguir de la realidad. Soñó que se
encontraba en una playa paradisiaca, de arena blanca y agua cristalina. Poco a
poco se metía en el agua cálida y disfrutaba de ella varios días sin salir y
sin necesidad de comer o de beber. Finalmente decidía volver a tierra, pero al comenzar
a nadar se daba cuenta de que había quedado cosido al mar. Era imposible
escapar y poco a poco las costuras se iban volteando y él se ahogaba sin
ninguna esperanza.
Despertó de
un grito al escuchar entrar a su mujer en la casa. Llevaban varias semanas en
las que apenas hablaban, y Jon temía que Kathy decidiera tumbarse en el sofá en
lugar de ir a la cama. Intentó gritar, golpear la puerta, dar golpes en la
ventana, pero nada parecía emitir sonido en aquella habitación a parte del agua
helada, que ya le llegaba a las rodillas.
Decidió no
estresarse, ella tenía su ropa en la habitación por lo que tarde o temprano
tendría que ir. Además los niños no tardarían en despertarse y entonces irían
en su busca. Sí, seguro que no pasaba nada.
Volvió a
tumbarse en la cama. El momento de euforia al llegar su mujer y la decepción
posterior al darse cuenta de que no sabía que él estaba allí habían dejado a
Jon baldado. Los ojos se le comenzaron a cerrar nada más acomodarse y pronto
volvía a soñar. En esta ocasión estaba atrapado en una especie de fantasía
kafkiana en la que él era un insecto gigante que intentaba escapar de su
familia que intentaban matarle a escobazos mientras comía manzanas.
Despertó
cubierto en sudor. Al asomarse al borde de la cama vio como el agua llegaba
hasta el borde de esta. Las cosas se estaban poniendo feas. Mientras pensaba en
esto oyó como sus hijos se levantaban y saludaban a su madre. ¡Estaba salvado!
Su sorda risa
solo resonaba en su cabeza pero nada importaba estaba salvado. Escucho detrás
de la puerta como sus hijos preguntaban por él, como su mujer les respondía que
suponía que habría salido a hacer algún recado y como estos no quedaban
convencidos con la explicación al no haberle escuchado levantarse. Se acercaron
los chicos a la puerta de la habitación mientras que su padre sentía ya la
humedad en la entrepierna e intentaron abrirla con poco éxito. Estaba cerrada.
Jon chillo, grito y golpeó todo lo que había a su alrededor como loco, estaba
fuera de sí. En uno de estos golpes notó como su brazo crujía bajo el peso de
una estantería que se había descolgado. Ya no gritaba ni golpeaba, ni siquiera
escuchaba que pasaba fuera. Solo lloraba. Lloraba por todo lo que le estaba
pasando, por todo lo que le había pasado y por todo lo que probablemente ya no
le iba a suceder.
Sentado en la
cama quedo dormido de nuevo, con el agua mojándole el pecho. Soñó que caminaba
por un largo corredor rodeado de plantas. Las plantas susurraban los nombres de
todas aquellas personas que habían pasado por su vida, desde profesores a sus
hijos pasando por el camarero del bar de abajo. No veía nada de lo que había
delante de él a más de dos metros, pero si miraba para atrás, a pesar de que su visión se perdía en el
infinito del corredor, estaba todo distorsionado. En el sueño le pareció que
andaba horas y horas sin que nada cambiara.
Despertó
cuando la primera gota de agua salpicó su barbilla. Aún hacía pie pero las cosas
se estaban poniendo feas. El brazo le dolía a horrores y notaba como se iba
poco a poco congelando. Cogió una camiseta de un cajón, la hizo trapos y la uso
como cabestrillo, le seguía doliendo pero al menos notaba como volvía a
circularle la sangre. Se puso a gritar, sabía que nadie lo oía pero lo
necesitaba. Buscó en la habitación varias mantas y las colocó en la lámpara de
araña, para ayudarle a sujetarse si las cosas seguían así. No entendía porque
nadie hacía nada. Es cierto que no había sido un marido ejemplar, pero quería a
su mujer, y ella le quería o al menos le había querido a él. ¿Por qué no le
ayudaba? ¿Por qué no avisaban a un cerrajero, la policía, los bomberos…?
Comenzó a
pensar en todo lo que había vivido con su familia. Siempre había pensado que
era un freno para él. Se casó joven al dejar embarazada a su mujer y desde
entonces sus sueños se habían truncado uno por uno. No se podía decir que no
los quisiera, pero le habría gustado llevar otra vida… O eso pensaba hasta unas
horas antes. Ahora se daba cuenta de que ellos eran su vida y que lo peor de
morir no era de dejar de existir sino dejar de verlos.
No sabía que
acabaría con él antes, si el frío o el agua. Ya estaba subido en la lámpara y
temblaba como jamás lo había hecho, cuando un rayo de esperanza calentó su
corazón. Era su mujer, acababa de volver y venía con un cerrajero. Es por aquí,
no sabemos porque no se abre, le decía. Aun podía conseguirlo, tenía que
superar la congelación, estaba salvado, lo notaba, ahora sí.
Pasó una
hora, quizá dos y la puerta seguía cerrada. A pesar de estar subido a la lámpara
el agua le llegaba por el pecho. Notaba como el conocimiento intentaba
abandonarle mientras él recordaba canciones de su niñez para mantenerse
despierto. Llamaré a los bomberos, oyó decir a su mujer. Es por aquí agentes,
no sé qué pasa y temo que mi marido este dentro les repetía una y otra vez a
los policías con cierto pánico en la voz.
Nadie podía
abrir, nadie podía tirar la puerta abajo, nadie podía abrir un hueco en la
pared. Estaba encerrado y probablemente allí se quedaría por siempre. Apenas
dos o tres centímetros separaban el agua del techo y solo sus labios quedaban
por sumergir. Ya no veía nada, ya no sentía nada. Su alma estaba separada de su
cuerpo esperando para verle morir.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
domingo, 16 de septiembre de 2012
LA MENTE EN BLANCO
Cuando me desperté no
recordaba nada, absolutamente nada. Estaba tumbado en lo que parecía una cama
de hospital con un terrible dolor de cabeza. Sentía como si mil clavos
estuvieran intentando asaltar mi cerebro con la frente como puerta de acceso.
La habitación
era blanca y verde con una gran ventana a la derecha que daba a un descampado y
con una puerta marrón muy desgastada enfrente. A mi izquierda estaba el baño.
Me levanté despacio y entonces me di cuenta de que estaba conectado a varias máquinas.
Me desconecté e intente levantarme.
Las piernas
no me respondían y nadie parecía haber escuchado el tremendo golpe que me
acababa de dar contra el suelo. Necesitaba
ir al baño. Me arrastré por el suelo hasta llegar al lavabo, donde ayudándome
con las barras para discapacitados conseguí ponerme en pie. Me dolía el mear y
cuando me fijé vi que salía algo de sangre, entonces por primera vez me lo
pregunté. ¿Quién soy, qué hago aquí?
Un espejo
algo sucio colgaba de la pared y paré a mirarme. El ser que me devolvía la
mirada era bastante alto y delgado. Era difícil calcular mi edad ya que a pesar
de tener una cara joven y apuesta mi pelo ya era entrecano. Me desnudé y
examiné mi cuerpo. No tenía ni un rasguño, así que me dispuse a buscar en la
habitación algo que me ayudase a recordar.
Dios como me
dolía la cabeza, apenas podía pensar. Al menos ya conseguía andar aunque fuese
apoyándome en la pared. Había algo extraño en todo lo que estaba sucediendo, no
había signo de que ningún otro ser vivo hubiera estado en aquella habitación a
parte del médico y las enfermeras y además no encontraba ningún objeto
personal.
Cuando ya me
había dado por vencido e iba a tumbarme a descansar un poco vi debajo de la
cama un papel del hospital. Me agaché a cogerlo y de nuevo me golpee contra el
suelo, mis piernas estaban demasiado débiles.
“Nombre:
Jorge Saúl Rodríguez. Estado: en coma tras un fuerte traumatismo
craneoencefálico. Día del ingreso: 1-03-2012”
Aunque lo que
ponía allí no me decía nada, si que consiguió inquietarme y decidí ir en busca
del Doctor. Nada más abrir la puerta de la habitación había un reloj, marcaba
las 16.24 del día 2-05-2012. No podía ser, ¡Llevaba dos meses en coma! Cuando
me giré, no me gusto demasiado lo que vi. Había un policía a cada lado del
pasillo vigilando a todo el que se movía.
Volví a la
habitación y decidí que esperaría allí al médico, no sé porque pero tenía la
sensación de que esos polis estaban allí por mí. No podría decir cuánto tiempo
pasó y ni tan siquiera si fue ese mismo día, pero cuando desperté había una
enfermera cambiándome una vía. A la pobre chica casi la da un infarto cuando la
cogí de la muñeca y la pregunté donde estaba y por qué.
Salió
corriendo llamando a un tal Doctor Becker, y en apenas unos minutos un hombre
de unos sesenta años y algo encorvado estaba examinándome bajo la atenta mirada
de uno de los policías. Intenté hablar con él, preguntarle qué coño pasaba,
pero lo único que obtenía por respuesta era una completa indiferencia por parte
del Doctor y una mirada de profundo odio por parte del agente.
-
Esta
todo bien Jorge, no tienes de que preocuparte. Te tendremos en observación, si
todo va bien recuperaras la voz en unos días, en principio no parece que tengas
secuelas cerebrales.
¿Qué? ¿Cómo?
Pero si yo me escuchaba al hablar perfectamente, no era posible que no tuviera
voz, ¿Es que querían volverme loco? ¿Tan malo era el crimen que había cometido
que la pena a cumplir era mi locura? No supongo que el Doctor tendría razón, y
solo serían cosas mías.
Pasé los
siguientes tres días entre el sueño y la alucinación, sin saber muy bien que
era real y que no, hasta que por fin terminaron esos terribles dolores de
cabeza. Me sentía genial, e incluso se me autorizó para salir de mi habitación,
siempre acompañado de los dos policías.
Pero seguía
sin recordar nada. En varias ocasiones le pedí al Médico y a los policías
explicaciones a través de notas, pero siempre parecía que no sabían nada, o más
bien que no querían decirme nada. Era muy frustrante y cada vez más, se
apoderaba de mí una ira que difícilmente podría seguir controlando.
Unas semanas
después me desperté de
madrugada con un hombre bajito, vestido con gabardina y sombrero sentado a los
pies de mi cama. Di un grito ahogado que solo yo pude oír y él sonrió
siniestramente. Me puse como loco y salí corriendo de la habitación. Los
policías me detuvieron ante tal revuelo e intenté explicarles lo que pasaba
pero no podía hablar. Como no me hacían caso intenté zafarme de ellos y correr
a la habitación para que me siguieran. No sé como sucedió pero en el forcejeo
le rompí la nariz a uno de los agentes y cuando llegué a la habitación con el
otro corriendo detrás de mí, el extraño ya no estaba.
Me pase
varios días atado a la cama intentando explicar lo que pasaba. Por supuesto
nadie me creyó, e incluso llegue a pensar que quizá me lo había imaginado.
Volvieron a confiar en mí, aunque ya no podía salir de mi pasillo.
Y entre
paseos por el pasillo, ver películas en la tele de mi habitación y dormir fue
pasando el tiempo. Llevaba
unas cuantas noches teniendo pesadillas nocturnas y despertando a todo el
hospital con mis gritos. Porque en efecto el único momento en el que
conseguíamos que saliera voz de mi garganta era durante esas pesadillas.
Noté,
mientras dormía, a alguien manipulando mi vía. No me preocupé, supuse que la
enfermera me estaría cambiando el suero. Pero entonces me di cuenta: hacía casi
dos semanas que ya no tenía ni vía ni suero. Abrí los ojos lentamente y vi a
una mujer que no conocía vestida como mi enfermera e incluso llevando la chapa
con su nombre “María López” en el pecho. Agudicé un poco más la vista y el
terror me recorrió la espalda hasta la nuca.
¡Estaba intentando ponerme
cianuro! Me levanté rápidamente y golpee a la chica hasta que perdió la
conciencia y mucho después. No estoy seguro de que pasaría con ella porque de
repente sentí un calambre en la nuca y me desperté atado a una cama en una
habitación sin ventanas y con una puerta metálica.
Como ya
habréis deducido, otra vez no me creyeron. En aquella habitación sin luz y sin
poderme mover no tengo muy claro cuánto tiempo pasé. Esta vez no volvieron a
confiar en mí, y según pude saber por lo que le escuché hablar a mi guarda con
el policía, la chica quedó en coma después de mi paliza. Que no hubiera
intentado envenenarme. Pero…. Si habían encontrado allí a la chica… ¿Por qué yo
estaba encerrado? Solo intentaba proteger mi vida. Nada me cuadraba.
No entiendo
porque seguía allí encerrado. Cierto que no podía hablar pero ya estaba
perfectamente y sin embargo, no solo no me daban el alta sino que seguía
aislado de todo ser vivo. Pasé así mucho tiempo más, mientras que intentaba a
través de las pesadillas descubrir quién era y que hacía en ese lugar.
El 7 de
septiembre se abrió completamente por primera vez mi celda de aislamiento desde
mi encierro. Me informaron de que me llevaban a la enfermería de la cárcel.
¿Por qué? ¿Sería por lo de la chica? No era mi culpa fue defensa propia. ¿Por
lo del madero quizá? Vamos no era como para meterme en chirona. ¿Y si era por
algo que había hecho anteriormente? Bueno, si era así no lo recordaba así que
no tendrían más remedio que mandarme a un psiquiátrico hasta que recobrase la
memoria.
Al salir, mi guardia
con el que había hecho buenas migas, me presentó a todos los presentes. El
Doctor Becker al cual ya conocía y a mis dos policías, Lluis y Mario, a Curro
el celador que me acompañaría hasta la prisión, y a Alan el encargado de mi
traslado. Les saludé a todos con mis mejores modales y puse mis manos a su
disposición para que me esposaran.
No podía
creer lo que veía. Mientras me esposaban al fijarme más en la cara de Alan me
di cuenta de que era el hombre de la gabardina. Le di un puñetazo al policía que
me estaba esposando y me lancé contra él. ¿Qué pasaba? ¿Qué clase de complot
era ese? Cuando ya le tenía entre mis brazos me giré para ver a los demás y vi
al celador apuntándome con la pistola del agente al que acababa de derribar. No
vi nada más.
Me acabo de
despertar en una habitación blanca y verde con una gran ventana a la derecha
que da a un descampado y con una puerta marrón muy desgastada enfrente. A mi
izquierda está el baño. Me levanto despacio y entonces me doy cuenta de que
estoy conectado a varias maquinas. Me desconecto e intento levantarme. Me duele
la cabeza y esta historia es lo único que puedo recordar. Tengo que salir de aqui.
domingo, 26 de agosto de 2012
EL PASAJE DE LA VIDA
Siempre he pensado que Henry y Kate eran la pareja
perfecta. Se conocieron a los 18 años el primer día de universidad. Henry y yo
éramos compañeros de clase desde el colegio y entramos juntos en la facultad de
derecho. Ella era mi prima, aunque hasta ese momento no habíamos tenido mucha
relación.
Kate
estudiaba bellas artes en el campus de al lado y un día mientras paseaba con
Henry nos la encontramos. Aun recuerdo como brillaban sus ojos aquella mañana,
y como no, también recuerdo la cara de bobo con la que mi buen amigo la miraba.
En aquel momento ya pensé que estarían toda la vida juntos.
Tuvieron que
pasar 3 años más para que aquellos dos saliesen juntos. ¡Vaya 3 años que pase
yo! Escuchando día y noche a mi amigo, que también ejercía como compañero de
piso, llorando por las esquinas por ese amor supuestamente no correspondido.
Finalmente lo
consiguió y al poco tiempo mi compañero se había convertido en una sombra que, lo poco
que salía de su habitación, siempre lo hacía acompañado de mi prima. Terminamos
la facultad todos a la vez, y a los 6 meses me busqué otro piso y les deje allí
viviendo. La armonía que había entre ellos era perfecta, jamás vi ni veré a una
pareja más enamorada.
El tiempo
pasó y llegó, como no podía ser de otra manera, la boda. Eran tan empalagosos
que se empeñaron en celebrar juntos la despedida de soltero. Para ello, un
selecto grupo de amigos nos hicimos un viaje por Europa. El recuerdo más vívido
que tengo de ese viaje fue cuando perdimos los pasaportes al romperse la
cremallera de la mochila donde iban todos guardados. En medio de todo el jaleo
y el nerviosismo, Kate parecía la luz que nos infundía calma y que, como no,
solucionó el problema.
Volviendo a
la boda. La celebraron en una bonita capilla en un pueblo perdido en la sierra.
Fue una ceremonia discreta con tan solo 20 invitados y un cura que había bebido
más de la cuenta. Henry aun llora de la risa cuando lo recuerda.
Fueron unos
años muy felices. Todos los domingos
íbamos mi mujer y yo a comer a su casa, y durante varios veranos
consecutivos fuimos juntos de vacaciones.
Henry era
abogado del estado mientras que Kate trabajaba en un instituto dando clases de
historia del arte mientras se sacaba su tesis para poder enseñar en la facultad.
Pasaron ocho
años y Henry se convirtió, tras mucho esfuerzo, en el abogado más importante de
la ciudad. Kate, consiguió su tesis pero tras dar clase durante algunos años en
la universidad, descubrió que eso no era lo suyo y ahora enseñaba en una
escuela privada.
Pero esa
alegría no dudaría mucho. Se descubrió que uno de jefes del bufete donde
trabajaba Henry había sobornado a un jurado para ganar un caso especialmente
sonado dentro del país. El escándalo fue tal que la empresa quebró y mi buen
amigo se quedo sin trabajo.
Fueron
tiempos difíciles. Se mudaron a una casa más pequeña y Kate volvió a aceptar el
trabajo en la universidad para ganar más. Henry comenzó a trabajar en un bar.
Eran felices.
Tuvieron que
pasar dos años más para que la cosa mejorase, aunque solo en lo profesional. De
nuevo ambos pudieron dedicarse a lo que de verdad les gustaba y volvieron a
mudarse, aunque en esta ocasión a un pequeño chalet a las afueras. En cuanto a
su vida personal….
Aun recuerdo aquel domingo en el que Kate se puso a llorar
desconsoladamente y nos conto que llevaban seis años intentando tener un hijo,
y que tras varios fallos de inseminación artificial ya no sabía lo que hacer.
Es la única vez que he visto a esa pareja tambalearse lo más mínimo. Mi prima
se estaba volviendo loca.
Tras muchos
problemas y mucho llorar, Henry llamó a mi casa unos meses después para darnos
la gran noticia de que Kate se había quedado embarazada. En aquellos momentos
yo también estaba a la espera de mi primer hijo, que nacería en apenas 6
semanas.
Henry soñaba con
que una manita más pequeña que la suya pudiese rescatar a su mujer y devolverla
a sus cabales. Sin embargo esa alma inocente abandono su cuerpo antes de estar
formado, dejando a Kate tocada para siempre.
-
No
se preocupe Henry, en una o dos semanas estará bien ya lo verá.- Y nosotros les
creíamos. Henry creía a los doctores cada vez que se lo decían, pero lo cierto
era que Kate estaba cada vez más débil.
Aun así nadie desfallecía. Los queríamos tanto
que Diana, mi mujer, y yo, que estábamos buscando una casa en las afueras
decidimos mudarnos a un chalet que se vendía muy cerca del de ellos.
Mi prima se lo tomo mejor de lo que
pensábamos. Cuando perdió al niño creíamos que iba a terminar de enloquecer,
pero le devolvió la cordura. Estabas más optimista que nunca. En el peor
momento, cuando todos no veníamos abajo, una vez más era ella la luz que nos
iluminaba y sabía lo que había que hacer.
Pero cada rayo de luz que salía
de ella nunca volvía. Al cabo de unos meses ya no podía andar, así que cada
mañana y cada noche Henry la bajaba en brazos hasta el sofá, donde pasaba todo
el día.
Los médicos seguían diciendo que estaba bien,
y que era cuestión de tiempo que mejorase, pero lo cierto es que a mi querido
amigo cada vez le costaba menos cogerla en brazos.
Recuerdo especialmente un día que fui a verla
al volver de trabajar. Llevaba unos pantalones cortos y podía ver sus piernas,
más flacas de lo que jamás hubiera imaginado.
Ella decía sentirse bien, pero estaba
preocupada por Henry. ¿Qué será de él cuando yo no este? Me decía. ¿Cuidarás de
él verdad? Me imploraba. Yo, con más ganas que convicción la aseguraba que
sería ella la que tendría que cuidarle y durante mucho tiempo, no yo.
Los médicos ya no eran tan optimistas. En su
última visita, antes de que Henry les echara a patadas, dijeron que no sabían
que podía pasar, que estaban desconcertados.
Kate ya no se movía de la cama. Seguía igual
de feliz y de radiante pero su pelo había perdido color y su cara estaba más
pálida de lo normal. Henry pidió una excedencia en su trabajo.
Una noche, a finales de abril estaba en el
salón charlando con Henry sobre su mujer cuando Diana bajó a decirnos que mi
prima quería verme. Subí con un nudo en la garganta y temblando de la cabeza a
los pies.
Estaba incorporada en la cama, y se la veía
mucho mejor que los últimos días, incluso había recuperado algo de color. Me
dijo que nos sentáramos a hablar.
-
Esta
vez, y por favor no me interrumpas, escúchame. Te quiero. Sabes que eres la
persona en la que más confío en el mundo a parte de Henry y por eso te pido que
cuides de él. Y no me salgas con que yo lo hare. Ambos sabemos lo que va a
pasar, ambos sabemos que tengo el tiempo limitado y jamás podría irme tranquila
de este mundo sin saber que él estará bien.
Me puse a llorar. Intentaba
evitarlo, mirar a otra parte, pero no podía, llevaba demasiado tiempo
fingiendo. – Sabes que lo hare, sabes que cuidare de él y que nunca le faltara
de nada en nuestra casa.
-
Lo
sé. Solo necesitaba asegurarme. Sabes… A veces pienso que hubiera sido mejor no
conocerle. Pienso que sería mejor no haberle hecho pasar por todo esto. Que
encontrara a una mujer mejor que yo, que no lo hubiera machacado así estos
últimos años y que le hubiera podido dar un hijo…
Esas palabras fueron como un
tortazo para mí, y tras reprimirla duramente a pesar de su estado, la bese la
frente y la dije que iba a llamar a Henry para que subiera y le quitara esos
pájaros de la cabeza.
No sé cuánto tiempo estuve
esperando a que Henry bajara, pudieron ser quince minutos, o quizá dos horas
solo recuerdo que cuando oí abrirse la puerta de la habitación de Kate un
escalofrío me recorrió la espalda, y al ver bajar a Henry, cubierto de lagrimas
y con su brazo en alto, la oscuridad lleno la habitación en la que nos
encontrábamos.
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