Era una
mañana soleada en un pequeño pueblo a las afueras de Madrid. Fran había pasado
una mala noche y se levantó con un mal presentimiento en el cuerpo que achacó a
que era su primer día en la parroquia del pueblo. Hacía meses que no oficiaba
ninguna misa tras su retiro espiritual y para él era un momento muy importante.
Como solía hacer antes de su clausura todas las mañanas, desayunó leyendo el
periódico mientras se tomaba un zumo natural.
Las noticias
no traían nada nuevo, y tras un vistazo rápido empezó a repasar la misa que
daría en apenas dos horas. Cuando creyó que ya se lo sabía se vistió y con
ayuda de un joven monaguillo, al que conoció el día anterior, lo preparó todo.
Aun quedaba más de media hora para el comienzo, pero ya estaba de pie mirando
los bancos donde se sentarían sus fieles.
María, su madre Carmen y su vecina Marga siempre
eran las primeras en llegar a misa, pero ese día fueron aun antes para ver al
nuevo cura. Cuando llegaron Fran acababa de ultimar los preparativos y las
recibió con una sonrisa.
María estaba
casada desde hacía 8 años y esperaba su tercer hijo. Su madre, Carmen vivía con
ella desde que su marido había muerto de cáncer unos meses atrás y Marga era
amiga de María desde que apenas eran unas niñas. Aquel día camino a la iglesia
fueron hablando del nombre que le pondría al bebe, hacía un par de días la
habían dicho que sería un niño, el primero de la familia.
Se sentaron
en el sitio de siempre mientras esperaban a que llegaran las dos hijas de
María, que la noche anterior se habían quedado a dormir en casa de una amiga.
Él se levantó aquella mañana aturdido. Tenía que
acudir a la iglesia, tenía que hacerlo, no quería pero había una fuerza
sobrenatural que lo obligaba, así que se vistió y tras desayunar abundantemente
marcho a la parroquia bien temprano.
Cuando él llegó se asomó a una de las ventanas
de la casa del cura y le vio desayunando. No quiso molestarlo y aguardo entre
las sombras hasta que María, Carmen y Marga entraron en la iglesia. Ese era el
momento, había llegado su hora. Un ardor se apoderó de él y de nuevo apareció
esa voz que solía susurrarle al oído lo que debía hacer. Durante un tiempo los
médicos habían conseguido callarla pero ella
se había sobrepuesto y él sabía que
ese era su destino.
Entró en la
capilla gritando que era la hora mientras sacaba una pistola de las cartucheras
de sus vaqueros. Sin apuntar y casi sin mirar comenzó a disparar en dirección a
las tres mujeres. Cuando gasto el primer cargador se acercó hacía ellas
mientras lo cambiaba.
María se
encontraba en ese momento contándoles a su madre y su querida amiga y vecina
que la pequeña de sus niñas, Emily, acababa de entrar en el coro del colegio
cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo y miro a la puerta mientras el
maniaco sacaba su pistola y comenzaba a disparar indiscriminadamente.
Ese segundo
de más le permitió agacharse y esconderse detrás de los bancos. Fue reptando
entre ellos y aprovecho que él se acercaba para ir hacia la puerta con el mayor
sigilo posible. Cuando estaba llegando a la puerta se giró y vio a Fran
escondido detrás de una mesa que se encontraba delante del altar. Sufrió otro
gran escalofrío al ver a Carmen y Marga desangrándose en el suelo e incluso se
sintió culpable por no tener más que un pequeño rasguño en el brazo.
Pero no,
tenía que salir de allí, por él, por su hijo. Ya casi lo había conseguido, un
poco más y habría llegado. Se volvió a girar y allí estaba él cambiando el cargador, no, no era un sueño. Ya había llegado a
la puerta e incluso podía ver a través de una pequeña rendija de luz a la gente
que se apiñaba fuera tras escuchar los disparos. A él se le había atrancado el arma y seguía enfrascado en esa tarea.
Se levanto sigilosamente y al abrir la puerta sintió una punzada de dolor en la
espalda.
Fueron unos
segundos desconcertantes, sintió mucho frío pero a la vez sentía una humedad
que casi llegaba a quemarle en la espalda. No veía nada y se abrazo su tripita
dedicándole su último pensamiento esa criatura que nunca vería la luz.
Y allí estaba
él, con la pistola aun en alto
apuntando a donde acababa de disparar. Rió como loco durante unos minutos y
anduvo lentamente hacía el altar. Se colocó debajo y se suicidó ante la mirada
impotente del hombre de la cruz.


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