lunes, 13 de agosto de 2012

EL ÚLTIMO DISPARO


Era una mañana soleada en un pequeño pueblo a las afueras de Madrid. Fran había pasado una mala noche y se levantó con un mal presentimiento en el cuerpo que achacó a que era su primer día en la parroquia del pueblo. Hacía meses que no oficiaba ninguna misa tras su retiro espiritual y para él era un momento muy importante. Como solía hacer antes de su clausura todas las mañanas, desayunó leyendo el periódico mientras se tomaba un zumo natural.

Las noticias no traían nada nuevo, y tras un vistazo rápido empezó a repasar la misa que daría en apenas dos horas. Cuando creyó que ya se lo sabía se vistió y con ayuda de un joven monaguillo, al que conoció el día anterior, lo preparó todo. Aun quedaba más de media hora para el comienzo, pero ya estaba de pie mirando los bancos donde se sentarían sus fieles.
María, su madre Carmen y su vecina Marga siempre eran las primeras en llegar a misa, pero ese día fueron aun antes para ver al nuevo cura. Cuando llegaron Fran acababa de ultimar los preparativos y las recibió con una sonrisa.
  
María estaba casada desde hacía 8 años y esperaba su tercer hijo. Su madre, Carmen vivía con ella desde que su marido había muerto de cáncer unos meses atrás y Marga era amiga de María desde que apenas eran unas niñas. Aquel día camino a la iglesia fueron hablando del nombre que le pondría al bebe, hacía un par de días la habían dicho que sería un niño, el primero de la familia.
  
Se sentaron en el sitio de siempre mientras esperaban a que llegaran las dos hijas de María, que la noche anterior se habían quedado a dormir en casa de una amiga.

Él se levantó aquella mañana aturdido. Tenía que acudir a la iglesia, tenía que hacerlo, no quería pero había una fuerza sobrenatural que lo obligaba, así que se vistió y tras desayunar abundantemente marcho a la parroquia bien temprano.

Cuando  él llegó se asomó a una de las ventanas de la casa del cura y le vio desayunando. No quiso molestarlo y aguardo entre las sombras hasta que María, Carmen y Marga entraron en la iglesia. Ese era el momento, había llegado su hora. Un ardor se apoderó de él y de nuevo apareció esa voz que solía susurrarle al oído lo que debía hacer. Durante un tiempo los médicos habían conseguido callarla pero ella se había sobrepuesto y él sabía que ese era su destino.

 Entró en la capilla gritando que era la hora mientras sacaba una pistola de las cartucheras de sus vaqueros. Sin apuntar y casi sin mirar comenzó a disparar en dirección a las tres mujeres. Cuando gasto el primer cargador se acercó hacía ellas mientras lo cambiaba.
  
María se encontraba en ese momento contándoles a su madre y su querida amiga y vecina que la pequeña de sus niñas, Emily, acababa de entrar en el coro del colegio cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo y miro a la puerta mientras el maniaco sacaba su pistola y comenzaba a disparar indiscriminadamente.
  
Ese segundo de más le permitió agacharse y esconderse detrás de los bancos. Fue reptando entre ellos y aprovecho que él se acercaba para ir hacia la puerta con el mayor sigilo posible. Cuando estaba llegando a la puerta se giró y vio a Fran escondido detrás de una mesa que se encontraba delante del altar. Sufrió otro gran escalofrío al ver a Carmen y Marga desangrándose en el suelo e incluso se sintió culpable por no tener más que un pequeño rasguño en el brazo.

Pero no, tenía que salir de allí, por él, por su hijo. Ya casi lo había conseguido, un poco más y habría llegado. Se volvió a girar y allí estaba él cambiando el cargador, no, no era un sueño. Ya había llegado a la puerta e incluso podía ver a través de una pequeña rendija de luz a la gente que se apiñaba fuera tras escuchar los disparos. A él se le había atrancado el arma y seguía enfrascado en esa tarea. Se levanto sigilosamente y al abrir la puerta sintió una punzada de dolor en la espalda.
  
Fueron unos segundos desconcertantes, sintió mucho frío pero a la vez sentía una humedad que casi llegaba a quemarle en la espalda. No veía nada y se abrazo su tripita dedicándole su último pensamiento esa criatura que nunca vería la luz.
  
Y allí estaba él, con la pistola aun en alto apuntando a donde acababa de disparar. Rió como loco durante unos minutos y anduvo lentamente hacía el altar. Se colocó debajo y se suicidó ante la mirada impotente del hombre de la cruz.

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