lunes, 7 de noviembre de 2016

No es otra estúpida historia de frutas

Mi madre siempre me decía que yo no era una fruta cualquiera, que un plátano era algo especial, que estaba destinado a hacer algo grande. Yo sabía que era verdad. Mientras pensaba esto, con mi tercera cerveza de arroz en una mano y un habano en la otra entró en mi despacho una de las frutas más atractivas que jamás había visto. Su aterciopelada piel amarilla y roja brillaba al reflejo del único flexo que iluminaba la habitación. Deje pausadamente mi habano y la cerveza sobre la mesa, me arreglé la gabardina y la pregunté que venía a buscar.
-Hola Míster Plátano, he oído que es usted el mejor detective de la ciudad, necesito su ayuda, mi marido ha desaparecido.
La volví a mirar con detenimiento, cuando más me fijaba en ella más me gustaba, no podía dejar de pensar en su dulce néctar chorreando por mi piel.
- Ha oído bien, ¿por qué no ha acudido a la policía miss…?
-Cotton Ceylan Señor Plátano, puede llamarse simplemente Cotton.
-Entendido Miss Cotton, ¿Por qué no ha llamado a la policía?
-Recibí esta nota en la que ponía que si llamaba a las autoridades lo matarían. Estaba desesperada y lo único que se me ocurrió fue venir a verle.
-¿Tiene a mano la nota?
Miss Cotton me cedió una pequeña hoja de papel con unas letras mal garabateadas. Puse la nota a trasluz y tras examinarla detenidamente concluí que podría ser obra de una hortaliza.
-¿Hay algo más que deba saber del caso? ¿Cuándo le vio por última vez?
-Salió de casa en busca de… Bueno me da un poco de vergüenza decírselo… Pero mi marido era un tomate, así que teníamos mucha gente en contra, ya sabe que aun no están aceptadas las relaciones interraciales… El caso es que mi marido salió de casa en busca de aceite y nunca volví a verle. Aquí tiene una foto suya, todos sus datos de interés, mi dirección y mi teléfono.
-Entendido, mis honorarios son de 1.000 onzas de cacao al día gastos aparte. Solo una cosa más miss Cotton, ¿a qué se dedica?
-Soy profesora de lengua en la Universidad de Frutas Mediterráneas. Espero noticias suyas Míster Plátano.
Tenía un buen montón de preguntas sobre la mesa y ninguna respuesta así que lo único que podía hacer era dirigirme a los bajos fondos para comprobar si alguien sabía algo. Entre en el bar de tubérculos refugiado en mi gabardina y en un gran sombrero que ensombrecía mi cara, era mejor que nadie me reconociese. Me senté en la barra y pedí algo que solo se podía beber allí:
-Un vino de uva.
-Lo siento pero aquí no servimos eso, márchese amigo.
-Dile a tu jefe que lo pide el Señor Amarillo.
Tras unos minutos me sirvieron aquella salvaje, sabrosa y cara bebida a cuenta de la Señora Cotton. No sabía cuánto tendría que esperar, pero mientras esa delicia no corriera de mi bolsillo podría estar allí el tiempo que hiciera falta.
No había pasado una hora cuando la sucia patata que buscaba entró en el local y se fue directa a la mesa de billar, donde otros dos tubérculos de su calaña estaban ya en medio de una partida. Chips, como se hacía llamar en aquellos círculos, llevaba la piel cubierta de arena y su nauseabundo hedor inundaba el bar. Le pedí al camarero que lo llevara a un reservado y le di algunas onzas de propina.
-Cuándo me han traído al reservado me he imaginado que serías tu. ¿No puedes simplemente pedirme que hablemos en un lugar más privado?
-Tengo un caso entre manos y necesito que me digas todo lo que sepas sobre un tal Míster Tomate, profesor de química en la Universidad de Hortalizas.
-Algo se ha oído sobre su desaparición, pero no hay nada claro. Por lo visto cuando Miss Nectarine llegó a casa estaba todo revuelto y no había ni rastro de su marido.
-¿Miss Nectarine?
-Sí, su mujer, es profesora de física en la Universidad Politécnica de Hortalizas.
Salí de allí con más preguntas de las que tenía cuando entré. ¿Por qué Miss Cotton me había mentido respecto a su verdadera identidad? ¿Qué interés podría tener en ocultar su origen y su trabajo? ¿Tendría algo que esconder?
Iba  a casa de Miss Nectarine pensando sobre todos esos asuntos, algo ebrio, cuando un grito desgarró el silencio de la noche. Apreté la empuñadura de la pistola y busqué el origen de aquel grito. Mientras husmeaba entre las callejuelas que se abrían en aquella urbanización de poderosas hortalizas no podía dejar de pensar en ella. Imaginaba que la salvaba de cualquier apuro loco y ella me recompensaba con su pasión. Un nuevo grito iluminó la oscuridad. Ahora si sabía de dónde venía.
Corrí todo lo rápido que mi consciencia me permitía mientras la calle no dejaba de dar vueltas. Los gritos surgían de unos cubos de basura ubicados detrás de la casa de Miss Nectarine. Cuando llegué una mariposa despego de mi estomago y me obligo a vomitar antes de poder, siquiera, procesar lo que estaba viendo: había encontrado al Señor Tomate, habían hecho un gazpacho con él. La roja sopa rebosaba el cubo de basura y se extendía por el suelo hasta mis pies.
Se me habían adelantado. Fuera quien fuera el culpable del secuestro había decidido terminar con todo antes de poder ser encontrado. Algo más tranquilo comprobé si la sopa era reciente. Probablemente apenas hiciera una hora que lo habían licuado.
La casa de mi principal sospechosa y el objetivo de mis más primitivos deseos se encontraba a apenas doscientos metros así que decidí hacerle una visita. Tras varios minutos llamando sin obtener ninguna respuesta me colé en su casa. Salté la valla y entré por la ventana. Todo estaba en orden. Revisé toda la casa sin olvidarme de mirar en los cajones de la ropa interior de Miss Nectarine, muy sexy por cierto, pero estaba vacía. ¿Dónde estaría a esas horas una mujer cuyo marido acaba de desaparecer? Sonó mi móvil mientras salía de la casa. Era del hospital. Ella estaba allí.
Cuando entré en la clínica apenas notaba ya algo más que un regusto amargo del alcohol en la garganta. Demasiados acontecimientos en muy poco tiempo. Pregunté por Miss Nectarine pero nadie sabía de qué hablaba.
-Disculpe no tenemos a nadie ingresado con ese nombre.
-Eso es imposible, me acaban de llamar.
-¿Cómo se llama?
-Soy Plátano, Palmero Plátano.
-Ah sí, por supuesto Señor Plátano, a quién usted busca es a Miss Paraguaya.
Mientras me conducían a la habitación la cabeza estaba a punto de estallarme. Nada encajaba, nada tenía sentido. ¿Quién era realmente esta mujer? ¿Por qué me había llamado a mí aun sabiendo que iba a descubrir que el nombre con el que se presentó no era verdadero?
-Oh Míster Plátano, menos mal que está aquí.
-¿Qué ha pasado?
-Me atacaron en la puerta de su edificio, por suerte conseguir escapar pero tropecé y me golpeé en la cabeza. Estoy bien, pero el Doctor quería que me quedara en observación.
-¿Por qué me ha llamado a mí?
-Oh vamos detective, no se haga el tonto, vi como me miraba el otro día. ¿Cree qué no sé lo que quiere?
Se levantó de la cama y acercó sus labios a mi cuello mientras me rodeaba la cintura con los brazos.
-Así que Miss Paraguaya… ¿Qué tiene que decir a eso?
-Temía que si le llamaban se enterara… Estaba asustada, no sabía qué hacer, así que pensé que dándole un nombre falso me protegía.
-Su marido ha muerto, siento ser yo quién se lo diga.
-Vaya… ya me lo esperaba… ¿Cómo ha sido? ¿Cuándo ha pasado?
-Según veo en su hora de ingreso usted ya debía de estar aquí cuando sucedió. La veo poco afectada.
-Bueno ya sabe… no estábamos en nuestro mejor momento.
En ese momento me besó con la pasión con la que pocas mujeres me han besado. Tenía que mantenerme firme, pero de nuevo mi conciencia parecía escaparse por una brecha de mi cabeza evitándome reaccionar. No pude más que dejarme llevar por el calor que desprendía y la tumbé violentamente sobre la camilla en el momento en el que vibraba mi teléfono. Aprovechando el desconcierto en medio de la vorágine de besos lo cogí y mire quién me había escrito. Era chip: “Su verdadero nombre es Miss Paraguaya, trabaja en el departamento de biología. Es una fruta”. A veces esa vieja patata servía para algo.
Antes de que pudiera reaccionar desenfundó la pistola de mi cinturón. El cañón apuntaba directamente a mi cabeza, pero no podía perder la compostura. Anduve varios pasos hacia atrás hasta llegar a la pared  sin perder de vista el arma. Parece que acababa de caer en un complot.
-Vaya cuanto lo siento Señor Plátano. No tengo nada contra usted, pero no me gusta que me tomen como sospechosa.
-Oh vamos Miss Paraguaya, ambos sabemos que no la tomo por sospechosa, sino como culpable. ¿Por qué me pidió investigarlo?
-Bueno, no podía acudir a la policía, pero contratando a un detective de su renombre nadie sospecharía de mí. Además,  me pareció muy atractivo cuando le conocí. En cualquier caso, no sabe nada y dudo de que vaya a salir vivo de aquí.
-Claro que lo sé. Usted es una eminencia. Es la única fruta que ha llegado a trabajar en la Universidad de Hortalizas. Pero no por su valía, sino por ser la mujer de la más popular hortaliza, el Tomate. Sin embargo, sus estudios en biología detectaron que su marido no es una hortaliza sino una fruta. ¡Una fruta! Si eso salía a la luz adiós a sus trabajos, a sus grandiosos sueldos y a su prestigio. Lo mejor era eliminarle. Secuestró a su marido y vino a verme. Después fingió un golpe a la cabeza mientras licuaban al señor Tomate, así tendría una coartada si alguien sospechaba de usted. Sólo tengo una duda, ¿quién ha hecho el trabajo sucio?
-Ya sabe, hay mucha gente en busca de dinero fácil.
-Entiendo. Hasta aquí todo bien, pero cometió dos fallos garrafales: mentirme sobre su identidad para que no pudiera encontrar sus estudios y contratarme a mí como detective.
Mientras hablaba notaba como su cara se iba ensombreciendo. Poco a poco iba avanzando hacia ella hasta que, con un rápido movimiento, conseguí arrebatarle el arma. Ahora era yo quien apuntaba. Ahora era yo quien volvía a tener el poder. Sin embargo, cuando me miró a los ojos mis brazos flojearon, mi pecho se hinchó y no tuve más remedio que bajar el arma. Miss Paraguaya me miró y nos fundimos en un largo beso.

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